PINCEN
| INDIO
BRAVO |
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El
cacique Pincén fue amo y señor
de las pampas argentinas. Resistió
hasta que pudo la Conquista del Desierto,
que arrasó con vidas y tierras
indígenas. Fue el terror de los
fortines.
| De
haber nacido del otro lado de la
frontera quizás hubiera conseguido
chapa de héroe. Tenía
todos los ingredientes de lo heroico:
un origen incierto, una vida transgrediendo
los limites para lograr una sociedad
más justa y un final que
se pierde en la leyenda. Pero el
cacique Pincén no pudo ser
un héroe oficial porque nació
del lado de los que perdieron todo
cuando, a fines del siglo XIX, la
Conquista del Desierto avanzó
sobre los indios, se apropió
de las tierras de la pampa y consolidó
para siempre el Estado en la Argentina.
Se llamaba Pincén. Tenía
70 años cuando dejó
que su alma también fuera
apresada en cinco fotos tomadas
poco después de su captura,
en noviembre de 1878. Mirando esa
pequeña inmortalidad que
le dio el fotógrafo Antonío
Pozzo, con estudio en la calle Victoria
(hoy Hipólito Yrigoyen) esquina
San José, cuesta creer que
ese viejo de porte digno,rodeado
por sus mujeres e hijas, o simulando
la actitud guerrera con lanza |
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prestada y boleadoras, pudiera encamar
entonces todos los males de la sociedad.
Sin embargo, según decía
el ministro de Guerra y Marina, Adolfo
Alsina, “Pincén es
un indio indómito y perverso,
azote del oeste y norte de la provincia
(y) jamás se someterá,
a no ser que, por un golpe de fortuna,
nuestras fuerzas se apoderen de su
chusma. Si esto último no sucede,
Pincén se conservará rebelde
aún dado el sometimiento de todas
las otras tribus hostiles. Es el tipo
del hijo del desierto, indómito
y salvaje por placer por costumbre
y por instinto.”
Un año después, el 11
de noviembre de 1878, en un telegrama
al nuevo ministro Julio A. Roca (Alsina
había fallecido), el coronel
Conrrado Villegas le comunicaba su captura.-
Pincén fue sentado sobre un matungo
ayudado por su sobrino el capitanejo
Mariano Pincén y con las manos
atadas en la espalda con un tiento
crudo, fue llevado a Trenque Lauquen,
donde estaba acampando Villegas. Allí
se desarrollé la siguiente escena,
que muchos años después
recordaría un testigo presencial,
doña Martina Pincén de
Cheuquelén, nieta del cacique:
“...Estábamos todos
nosotros (en Trenque Lauquen) cuando
vino el General (Villegas) y le habló,
y el abuelo dijo: ¡No me maten!
Pero después dijo: Si me van
a matar que se salve mi familia. El
cacique se paró, alto como era,
blanco, estaba vestido de gaucho: chiripá
y bota de potro, camiseta, camisa blanca.
Y lo sacaron con camisa y todo.
Se lo llevaron. Estaban allí
todos, la finada mamá, mi tía
María. Se lo llevaron...”
LA LUCHA
La captura de Pincén marca el
ocaso de la resistencia indígena
que se inició un siglo antes,
a mediados del siglo XVIII, cuando las
incipientes estancias cercanas a la
ciudad de Buenos Aires avanzaban sobre
lo que era territorio indígena,
ocupando progre-sivamente los campos
donde los aborígenes se abastecían
de ganado salvaje. Despojados de los
campos y de su ganado, las comunidades
comenzaron a asaltar las estancias
con malones para conseguir alimento,
tras lo cual los habitantes de Buenos
Aires levantaron los primeros fortines,
que fueron de hecho la primera frontera
defendida por el Cuerpo de Blandengues,
una especie de milicia formada por paisanos
mal armados y mal pagados.
En las décadas siguientes, el
desarrollo de la ganadería con
vistas a su exportación desde
el pujante puerto de Buenos Aires, reavivé
la urgencia por expandir la frontera
más allá del límite
natural que trazaba el río Salado.
Y si bien en un comienzo predominó
la política de integración
basada en tratados y negociaciones
pacíficas con los indígenas
del sur las hambrunas y la pérdida
progresiva de los territorios aumentó
la virulencia de los malones indígenas.
Entre 1868 y 1874, durante la presidencia
de Sarmiento, el Ministro de Guerra
Adolfo Alsina buscó frenar los
ataques con el cavado de una zanja paralela
a la línea de frontera, de unos
3 metros de ancho por 2 de profundidad,
pero no tuvo éxito. Su sucesor,
Julio Argentino Roca, se inclinó
por asignar un gran presupuesto para
armar un ejército que erra-dicara
a los indios del territorio entre la
frontera y el Río Negro. Y la
estrategia fue exitosa: el avance de
cinco divisiones de 2 mil hombres, bien
vestidos, comidos y armados fue incontenible.
De una población total indígena
de unos 19 mil hombres y mujeres, la
campaña al Desierto coseché:
- 5 caciques principales presos (entre
los que estaba Pincén) y uno
muerto (Baigorrita),
-1.271 indios de lanza presos.
-1.313 indios de lanza muertos.
-10.513 indios de chusma presos.
-1.049 indios reducidos.
Es en ese contexto
donde resalta la figura del cacique
Pincén, al frente de una tribu
de no más de 1.500
indígenas con tolderías
en Toay, a unos 22 krn al oeste de Guaminí,
porque resistió hasta el final
la colonización de sus tierras
librada bajo la bandera del progreso
y la civilización. Según
explicó la investigadora Susana
Rotker en su libro Las cautivas. Olvidos
y memoria en la Argentina, la campaña
al Desierto tenía móviles
bastantes más materialistas:
“Entre 1822 y 1830, los Anchorena
—primos de Juan Manuel de Rosas,
uno de los más exitosos líderes
de las llamadas campañas del
desierto— acumularon 352.000
hectáreas de la pampa. La conquista
del desierto, comandada por Roca en
1878 y 1879 agregó unos 54 millones
de hectáreas al “patrimonio
nacional”, que fueron entregadas
en gran parte a especuladores y terratenientes,
como ya era la tradición.”
Texto:
Claudia Selser - Fotos:
Archivo General de la Nación.
Revista VIVA Sup. del diario Clarin
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