PINCEN
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MISTERIO
¿De dónde había
venido Pincén? ¿Cuál
era su origen? Algunos decían
que había nacido en Guaminí.
Pero para fuentes consultadas por el
historiador, diplomático, periodista
y académico Estanislao Zeballos,
Pincén era un indio nacido en
Carhué y que hizo su fama en
prácticas malhabidas: creció
haciendo viajes desde la pampa de Buenos
Aires a los valles andinos, traficando
ganado robado en la República
Argentina para llevarlo a Chile, “donde
los indios eran recibidos como mercaderes
honrados, mientras en nuestros campos
dejaban marcado su paso con sangre y
cenizas. En Chile les era comprada la
hacienda a razón de un poncho
por vaca, una botella de caña
o aguardiente por yegua, como precios
corrientes, sin perjuicio del negocio
de prendas de plata, cuentas, armas
y abalorios”. También
de acuerdo con esta versión,
recreada en el libro de Zeballos, Episodios
en los territorios del sur (1879).
“La fama de Pincén subió
de grado en los pagos andinos y lograba
arrastrar en sus correrías y
aven-turas nuevos mocetones araucanos
que, cediendo al espíritu aventurero
y a la codicia, lo acompañaban
a buscar fortuna; y como la bola de
nieve, la clientela de Pincén
aumentaba sin cesar”
En su
libro Pincén, mito y leyenda,
el historiador Juan José Estévez
reseña varias teorías
contradictorias sobre el origen del
cacique. Como la del historiador y antropólogo
Milcíades Alejo Vignati quien
asegura que los rasgos de Pincén
no son los propios de un indígena
cien por ciento.“Indudablemente
hay mezcla, hay sangre india pero atenuada;
casi podría asegurarse que no
es fruto de primera mestización:
es decir que uno de los abuelos ha sido
el portador de la sangre indígena.”
O la de otro historiador, Dionisio
Schóo Lastra quien, en “La
lanza rota” (1951), cuenta
que las ancianas de la tribu de Pincén
recordaban que el cacique era hijo de
una cautiva cordobesa de Río
Cuarto y que de ella había heredado
el ser ladino (conocer los dos idiomas
y, por eso, podía precaverse
más que los demás) y la
audacia que siempre mostró. Según
Schóo las ancianas contaban que
Pincén había heredado
el carácter de su madre una cautiva
blanca de Río Cuarto que se enamoró
de un joven capitanejo que tenía
por vocación el “amansar
fieras”, o sea, dedicado a la
crianza y adiestramiento de pumas americanos
y que por ello desde joven lo llamaban
Aylla-pan (ailla=nueve, pangui=león
o puma). De la unión de ambos
nació Pincén, quien fue
un exi-mio cazador y adiestrador de
pumas, actividad que habría aprendido
de su padre. De contextura atlética
y robusta, con su metro ochenta de altura,
Vicente Pincén se destacaba por
sobre las siluetas de los demás
indígenas. Frente a un ejército
poderoso y pertrechado, su nombre comenzó
a ser leyenda en su juventud en la zona
de Pergamino por vencer a los militares
con ingenio y ferocidad. Se contaba
por ejemplo la vez en que Pincén
y cien de los suyos volvían de
un malón con cerca de 4.000 potros
arrebatados de las estancias del lugar.
“Dieron contra un cuerpo de
línea que los aguardaba pie a
tierra, cerrándoles con las bocas
de sus armas el paso entre dos cañadones.
Los indios, sintiéndose perdidos,
se volvieron a mirar al cacique como
requiriéndole que resolviera
la situación. Pincén,
con un golpe de vista de buitre improvisó
con sus hombres una manga y lanzando
por entre ella a los 4 000 potros espantados,
los llevó contra los soldados
que resultaron pisoteados y dis-persos.
Pincén ganó el desierto
sin una baja y con todo el arreo.”
O cuando hacía frente a los fusiles
a repetición con un arma de su
invención llamada el lazo: la
lle-vaban dos caballos unidos por un
lazo y en medio de éste, suspendi-da,
una bola grande de piedra. Se ponían
al galope los caballos, que eran azuzados
para que conti-nuaran en esa ruta. La
piedra golpeaba así el corazón
del piquete haciendo el desparramo o
impidiéndoles a los soldados
tomar puntería, mientras los
indios se acercaban con rapidez para
ultimarlos.
En esta lucha entre indios y soldados,
sólo se podía vencer con
el ingenio porque, a diferencia de lo
que sucedió en los Estados Unidos
— con los comancheros o los traficantes
de armas—, en nuestras pampas
los aborígenes no tuvieron acceso
a las armas de fuego. Por el contrarío,
ya en 1877 —cuando se inicia la
última fase de la Campaña
al Desierto—, el soldado bien
montado y con un sable estaba notoriamente
en mejores condiciones de defenderse
frente a un indio con una lanza de casi
tres metros o portando la llamada bola
perdida o bola de combate, por
más diestramente que se las manejara.
(El coronel Villegas solía decir
que un soldado en estas condiciones
equivalía a tres o más
indios.)
Y a esto había que sumar el Remington.
Porque con el antiguo rifle de un solo
tiro —que le insumía unos
minutos al soldado volverlo a cargar
el indio sabía que era el momento
oportuno para irse al humo
y ultimar al soldado (de ahí
la frase: “se me vino al humo”).
Pero el Remington, un rifle a repetición,
puso de una vez y para siempre a los
indios en franca desventaja en el combate
dejándoles la huida como única
salida posible.
Texto:
Claudia Selser - Fotos:
Archivo General de la Nación.
Revista VIVA Sup. del diario Clarin
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