CACHIRULO
Después
de 66 años, hubo boda en Cachirulo
Publicado en edición impresa
diario "El Diario"| Viernes 19 de noviembrede
2010-12:50hs
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Prólogo
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Fundación
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Martín
Carriqueo |
Apuntes
Históricos |
Año
2000
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Escuela
29 |
Fotos
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Ruta
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Una boda en
Cachirulo: "Es la refundación del
pueblo"
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Después
de 66 años, hubo boda en Cachirulo.
El pueblo está de fiesta.
Sus habitantes quieren correr a los fantasmas.
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Sebastián Andres Quiroga tiene 22
años. Junto a ocho hermanos más,
trabaja en los hornos de ladrillos de su
padre. Esa actividad es la única
del lugar, aprovechando la buena tierra
y la leña abundante.
Hace
cuatro años llegó al pueblito
Bárbara Agustina Lourdes Acuña.
Tiene 18 años. Con su familia, desde
Pehuajó, habían arribado a
Toay para buscar un futuro mejor. Pero pronto
tuvieron que dejar la casa que alquilaban.
Como eran muchos hermanos, consiguieron
prestada la casa que ocupó la comisaría
en las méjores épocas de Cachirulo.
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Se conocieron jugando en la calle con otros
chicos. Se hicieron amigos. Y más.
Tienen una hija, Brisa, de 1 año
y 3 meses. Este viernes la pequeña
los acompañó, en brazos de
su madre, cuando dieron el sí ante
el juez de Paz de Toay, Rodolfo Alvarez.
El
funcionario ya había casado dos parejas
de jóvenes de Cachirulo, hace unos
meses. Tuvo que pedir otra sala del municipio
porque la concurrencia desbordó la
sala del juzgado en esas dos ocasiones.
Había prometido que el próximo
matrimonio, se haría en Cachirulo.
Y este viernes cumplió.
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Hacía 66 años que no había
un casamiento en Cachirulo. El 25 de noviembre
de 1944 a las 10 horas se casaron Alfredo
Sánchez y María Luisa Rosales,
de 24 y 15 años. Uno de los testigos,
dijeron en la ceremonia, fue Pedro Phagouapé,
fundador de la localidad en 1901. Sin embargo,
murió en 1928. El testigo, en realidad,
se llamaba Luis Phagouapé.
Este viernes eligieron la
misma hora que aquella vez para la ceremonia.
El lugar, el pequeño templo de la
comunidad cristiana que predica desde hace
diez años entre las familias de horneros
de Cachirulo. Está ubicada la a vuelta
de la escuela.
El edificio de la iglesia
abandonada, a cincuenta metros, en la esquina,
y el silbido de los pájaros, recibió
a la comitiva oficial con el juez y el intendente
de Toay, Ariel Rojas, que se trasladó
hasta allí a media mañana.
“Parece
que viene tormenta hoy”, saludó
despreocupado Horacio Quiroga, el padre
del novio, espiando el horizonte.
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Los novios aparecieron cambiados desde una
construcción pegada al templo, donde
funciona la panadería de una cooperativa
de jóvenes que formaron hace poco,
nucleados por el pastor evangélico.
“Lo mío era irme a otro lado
porque aca no había nada. Pero decidí
quedarme. A ella me la mandó Dios.
Queremos que crezca el pueblo”, le
cuenta él a El Diario.
“Vivir
acá es lo más fácil.
Aislados de todo, nos sentimos mejor. Es
mejor vivir en el campo que en la ciudad”,
asegura. Para ella, “es un lindo pueblo,
se vive muy diferente”.
Alcanzan
a contar que el templo evangélico
subdividió el terreno que le cedió
el municipio y le regalaron una parcela.
El sueño ahora es levantar la casa
propia.
No
hay tiempo para más. En el templo,
el juez y los colaboradores esperan impacientes.
Hay un pequeño altar con un mantel
blanco. Un jarrón con flores. Y sobre
el mantel el libro para asentar el casamiento
y también el viejo registro con los
datos de la última boda en Cachirulo.
En
la sala de cinco por ocho, apretaditos,
familiares, conocidos, algún niños
que llora, fotógrafos y cámaras.
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Un rubor juvenil aparece en el rostro de
la chica. Las piernas de él se mueven
instintivamente. El juez llama a los testigos,
Ricardo Daniel Quiroga, hermano del novio,
y Viviana Noemí Galván.
“¿Está
Ricardo?”, sale don Quiroga a buscarlo
afuera, distraido, mientras el testigo sonríe
desde su lugar.
El juez recita los deberes
y derechos de los cónyugues que establece
Código Civil y luego los declara
“unidos en legítimo matrimonio”.
Los primeros aplausos. Firman el acta. “Pueden
sonreir. Es una fiesta”, el primer
chiste.
El pastor José, de
la comunidad cristiana, toma la palabra.
“Hace diez años caminámos
este pueblo. Vivían 3 familias, los
Quiroga, 10 personas. La maestra decía
que se cerraba la escuela porque había
3 alumnos”, recuerda.
Menciona entonces la cita
bíblica que alude a que los cristianos
levantarán sus casas sobre los cimientos
de las antiguas genraciones. “Hoy
se cumple no solo con el casamiento sino
con esa palabra -relaciona-. Cachirulo se
ha restaurado. Hay 11 familias y 65 personas,
sala de auxilios, la escuela está
y llegaron computadoras”.
“Se cumple una profecía.
Donde están los hijos de Dios, empieza
el cambio”, insiste el pastor. Y cuenta
que al lado del templo se construyen tres
casas “entre todos”, en forma
comunitaria.
“Hoy es un día
de gozo. Es histórico, podremos decir:
yo fui partícipe de la reconstrucción
de un pueblo que hace diez años estaba
cerrado. Quedamos en la historia de la transformación
de este lugar”, resume.
Luego habla el intendente
Ariel Rojas. “Sabemos cómo
se vive aquí y cómo se lucha”,
dice.
Al final, el juez Alvarez
aclara que no pretende erigirse “en
consejero moral” aunque suelta una
reflexión. “El matrimonio es
una construcción que se lleva a cabo
en la vida que ustedes van a vivir juntos
con convivencia, tolerancia, respeto recíproco
y, por supuesto, el amor”, dice.
Alvarez entrega la libreta
de familia. “Hay que llenarla”,
reincide el bromista de la fiesta, mientras
se sacan más fotos.
Otro beso de los novios,
ya esposos, y el arroz de la alegría
a la salida de templo.
Después, sanguchitos
y piza casera al aire libre.
La
tormenta, don Quiroga, puede esperar.
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Fuente: Diario "El
Diario " Viernes 19 de noviembre de 2010i. |
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