Vascos
en La Pampa
Historias de Vascos
Uno
que no honró a los suyos
Este
relato que les hago -y que no es "cuento"-
me lo dan como sucedido allá por los pagos
de Ayacucho, hace muchos años, cuando aquellas
tierras, privilegiadas y feraces no eran más
que llanuras "donde la vista se pierde sin
tener donde pasar"...
Los campos naturales eran, por entonces, aprovechados
por majadas y así, en forma tan primitiva,
comenzó a formarse la hoy pujante y adelantada
ganadería de La Pampa.
En su casi totalidad los pobladores de aquellos
latifundios eran emigrantes de provincias
baskas. Las más eran baskos navarros, que
como buenos montañeses eran aguerridos y pastores
como lo habían sido siempre en tierras españolas.
También algún guipuzcoano que, fracasado tal
vez en su afán de aventuras, se dedicó a imitar
a sus hermanos navarros dedicándose al campo
para formar capital con sus majadas. Así andaba
por aquella zona el guipuzcano Pedro, hombre
ya hecho, viril, audaz, de pocos sentimientos
y menos moral, pensando siempre en armarse
de compañía, porque en aquel tiempo no era
fácil conseguir esposa, ya que muy pocas jóvenes
se aventuraban a vivir por esas soledades.
Y allí estaban también los hermanos Ochoa,
tres varones y Leonor que, aunque más joven,
hacía las veces de madre y hermana en el hogar
de ella y sus hermanos.
Ni qué decir que Pedro tenia puesto su punto
de mira en Leonor, pero para mala suerte suya,
él no era persona grata -para los hermanos
Ochoa. Para más, habían prometido a su madre
en su lecho de enferma, proteger y amparar
a Leonor mientras de ellos dependiera.
Era evidente que las intenciones de Pedro
eran viles; su osadía era grande pero no podía
encontrar a la chica sola, porque siendo tres
sus hermanos nunca quedaba la casa desprotegida.
Esto hacía trillar al bribón, que como basko
que era sabia muy bien que contra tres no
podría. Pero también se decía a si mismo:
"Espera, que a fuerza me ganarán pero a mañas
cuándo"
| "Montó
en un caballo negro, Embozándose poncho
del mismo color para no ser apercibido
en la negrura de la tormenta..."
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Fue
una noche de verano, tras un día pesadísimo
que ya auguraba tormenta brava; el arroyo
cercano estaba fuera de madre, y antes de
terminar la tarde, el cielo oscureció, cubriéndose
de negros nubarrones, que presagiaban aguacero
y tal vez desgracias. Previniéndose del arroyo
desbordado y del agua que caía a raudales,
los hermanos Ochoa trajeron y encerraron sus
ovejas en los corrales separados por tamariscos
y los galpones cercanos a la vivienda donde
habitaban.
Quiso el tiempo que fuera providencial que
lo hicieran, porque no tardó el viento huracanado
en azotar todo lo que hallaba, a su paso y
el torrente de agua, el rugir del viento y
los truenos pavorosos, convertían todo en
un nuevo apocalipsis... Esta fue la ocasión
que esperaba Pedro para su siniestro plan.
Montó en un caballo negro, embozándose con
un poncho del mismo color para no ser apercibido
en la negrura de la tormenta y llegóse agazapado
hasta los corrales de los Ochoa, abrió y dejó
tiradas por el suelo las tranqueras de alambre.
Las ovejas mojadas y despavoridas encontraron
una salida a su instinto miedoso y tras de
una se largaron todas por el campo en pos
de una muerte segura. Los hermanos confiados
en su precaución, quedaron al abrigo del hogar
hasta que se pasara el mal tiempo. La tormenta
seguía su furia loca cuando, abriéndose los
cielos, dieron paso a un relámpago deslumbrador
que iluminando todo les dejó ver los corrales
vados y los animales enloquecidos disparando
hacia el arroyo. Así que sin pensar siquiera
en cuál podía haber sido la causa del desastre,
prepararon los caballos, llevaron sus perros
y salieron a salvar los animales que pudieran.
Se daba la ocasión que Pedro con tanta maldad
había esperado y preparado. Leonor estaba
sola, sin siquiera los perros, que denunciarían
su presencia. Rápido como el viento que azotaba
todo, entró en la casa y salió después con
Leonor, no sé si la llevarla por la fuerza
o engañándola con falsas promesas, pero la
puso en el anca de su caballo y la llevó a
su casa de hombre solo.
Cuando los hermanos volvieron al hogar, con
su rebaño diezmado y calados hasta los huesos
de agua y frío, ya el sol despejaba las últimas
nubes del día siguiente, no hallaron ni rastros
de la hermana por la casa; salvo algunos indicios
de que se había ausentado por la noche y ninguna
señal de que hubiera habido lucha.
Pero con su fanfarronería, el raptor no tardó
en confesarles la autoría del hecho, no quedando
para los hermanos más solución que autorizar
su casamiento.
Pero tampoco terminó ahí la osadía de Pedro
sino que exigió los bienes que por su matrimonio
correspondían a Leonor.
Viendo los hermanos que ni siquiera había
obrado por cariño, decidieron no verlo nunca
más y vendiendo sus tierras le dieron a Pedro
lo que por ley le correspondía, y para alejarse
se vinieron a poblar nuestra pampa, ya encima
de la Patagonia, donde hoy todavía se encuentran
sus descendientes.
Pero si fue grande la amargura de sus hermanos,
no fue menor la angustia y desesperación de
Leonor, al comprender con terrible desencanto
que sólo había sido usada con doble propósito;
porque entendió que no sólo satisfizo en ella
sus bajos instintos, sino que también se valió
de ella para expoliar y humillar a sus queridos
hermanos.
En su vida no hubo más paz ni alegría, ni
siquiera respeto por su marido: por eso cuando
un día vio llegar solo el caballo ensillado
en que él montaba esa mañana al dejar la casa,
aunque presintió que algo fatal había ocurrido,
sólo sintió alivio al ver el fin del callejón
sin salida en que estaba atrapada. Tampoco
le importé nada cuando al llegar la noche
lo trajeron muerto sus vecinos con un tiro
que le perforaba la cabeza.
Según la policía habla sido un accidente de
caza, mientras cazaba martinetas. Lo mismo
le daba. El destino la había vengado. Nada
quería que le recordara la vida junto a él.
Juntó sus cosas, dejó para siempre Ayacucho
y volvió junto a sus hermanos a establecer-
se en La Pampa, donde después encontró paz,
amor y tuvo una larga vida de felicidad.
Los nombres, aunque conocidos en un sector
de la provincia, son secundarios. La historia
es real y demostrativa de vida y conducta
de otros tiempos. También de un vasco que
no honró la proverbial nobleza de su raza. |
Por:
ZuIema Ormaechea *Docente jubilada, colaboradora
de Caldenia en Toay- La Arena Marzo 2002
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