LALO
ERRECALTE

EL
SEÑOR DE LA NOCHE
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Se hundió cada noche, todas las
noches. Porque no cabe duda que la noche
–tuviera o no conciencia de ello-,
era también su gran amor. Es que
amaba la negrura de su rostro, salpicado
de esas infinitas pecas brillantes, que
iban apareciendo de a poco con el ocaso
y se iban diluyendo lentamente cuando
el sol comienza a desperezarse en cada
amanecer.
Cuando comenzaba a desgranar rasguitos
y punteos en su guitarra, la rueda de
amigos silenciaba sus murmullos. Su timbre
de voz –áspero y grave por
naturaleza-, adquiría una sonoridad
distinta: se tornaba mas suave, como endulzándose
por la poesía de las letras. Acariciaba
las cuerdas, contagiándose del
éxtasis en el que él se
sumergía en cada canción,
con suma delicadeza. Sería mejor
decir con ternura, para que el sonido
tuviera el temple y calidad justa, precisa
y se acoplara íntegramente a la
letra del tema. Entre una y otra interpretación
sorprendía con evocaciones, anécdotas
y relatos, que eran otra delicia que degustaban
sus ocasionales espectadores. Conmovía
con su permanente recuerdo de su madre,
de su padre, de su hermana, de todos sus
demás familiares y de incontables
amigos, sobre quienes no ahorraba elogios
ni muestras de su profundo cariño.
Siempre había gotas de humor en
sus relatos; siempre tenía “salidas”
jocosas y oportunas, pero cuando rozaba
temas de experiencias o situaciones de
la realidad, cuando profundizaba algún
pensamiento, asomaba –muy sutilmente-,
un dejo de tristeza –disfrazado
de melancolía-, un tenue tinte
de soledad perceptible –muy fugazmente-,
en la cadencia del relato, en el quiebre
de la voz, en el brevísimo silencio
que se tomaba para aspirar aire nuevo,
pero –fundamentalmente-, en su mirada
la que –solo por unos instante-,
parecía evadirse del momento, como
buscando una luz o una señal que
solo él –y solo él-,
podía descifrar su valor, su significado,
su sentido y su contenido.
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Mezcla de bohemio
y cachafaz, su silueta a contraluz disimulaba
esos rasgos, esas aristas increíbles
de ingenio y picardía, donde no
cabían deslealtades ni agravios,
de la que no escapaban ofensas ni reproches;
de las que solo emergían las chispas
inagotables del agradecimiento y el reconocimiento
a muchos; donde nunca faltaba la mención
precisa, concreta y reiterada de su recordada
madre y de su entrañable hermana.
Siempre educado, gentil y amable, se distinguía
por dispensar siempre un trato galante
y señorial a las damas.
Andariego de cuanta huella se apareciera,
aunque solo fuera por el gusto de andar,
montaba el corcel de la fantasía
repentina, sin importar el rumbo, sombrero
o gorra encasquetada a su cabeza; poncho
al hombro, calzando botas y espuelas (éstas,
solo para lucir “bien puesto”),
y partía, a trote manso para no
agotar la cabalgadura, por si acaso el
“tirón” fuera muy largo.
Y que las espuelas eran solo para “lucimiento”,
para una mejor “estampa” de
alguna foto de ocasión, y no para
“picanear” al caballo, era
así pues no quería ni siquiera
lastimar el ijar del noble “flete”,
porque él…., él nunca
hizo daño a nadie. Y en ese andar
y andar caminos, conoció gente
de todos los niveles; de muchas condiciones;
de las mas variadas artes y profesiones.
Porque –en el fondo-, fue un mar
desbordado que llegó a cada rincón
que pudo; a cada lugar que la geografía
de su tiempo histórico hizo posible
que accediera. Por eso fue amigo de figuras
a los que –la inmensa mayoría-,
solo vemos desde la distancia. Pero él
se confundió en abrazos frecuentes
con varios de los mejores exponentes de
la música folclórica; del
deporte (automovilismo, box y polo, por
ejemplo) y tantas actividades mas, no
solo de la provincia, sino del país
también.
Precisamente por “culpa” –bendita
sea esa “culpa”-, de su afición
al canto y a la guitarra –y solo
como cita “testigo” de su
extensa e increíble “aventura”
que fue su vida-, trabó amistad
con integrantes de conjuntos que son toda
una leyenda: “Los Chalchaleros”
y “Los Cantores del Alba”.
Y en forma muy particular, con dos “míticos”integrantes
de cada uno de ellos: el (a Dios Gracias)
“interminable” Juan Carlos
Saravia (por “Los Chalchaleros”),
y “Tutu” Campos (por “Los
Cantores del Alba”).
Y así como estas menciones puntuales
deben considerarse extensivas a todas
las figuras nacionales que compartieron
momentos con él, la mención
de “Foreto” Chavez –dentro
de nuestro ámbito provincial y
regional-, debe ser considerado como el
reconocimiento póstumo que él
–en vida y en rueda de amigos-,
hacía de todos aquellos que hicieron
que él se sintiera honrado, vivo
y feliz en algún momento de su
inescrutable existencia.
Y cual bola de nieve -a cada paso-, esa
“bola” cobraba volumen rodando
hacia el pié de la montaña.
Desde esa montaña suya, propia.
Porque en esta caída, -por si acaso
alguno cree que está por encima
del “Techo del mundo”-, todos
–absoluta e irremisiblemente-, nos
vamos a precipitar. Porque todos –absolutamente
todos-, tenemos nuestra propia “montaña”
y sobre nuestras espaldas, estará
nuestra propia “carga” de
nieve.

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