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 Toay- Septiembre -2006

Misceláneas urbanas Por Juan José López

Barrio San martín

Todo asentamiento urbano, ya sea una pequeña aldea o una gran metrópoli, es naturalmente ecléctico. Los usos y costumbres de los habitantes se reflejan, inevitablemente, en la fisonomía peculiar que define el aspecto de una ciudad, de un pueblo, de un barrio, de una plaza, de una calle o de una esquina. Todo interactúa dando forma al idioma urbano mediante el cual un determinado lugar y/o espacio se expresa y nos dice cómo fuimos, y sobre todo, cómo somos como sociedad; se deduce entonces que buena parte de la identidad urbana reside en el aspecto físico del lugar en que vivimos. La imagen urbana es, en definitiva, la expresión de las características de un lugar y su población. En tal sentido nuestro pueblo, como cualquier otro, posee una gran diversidad de factores (la plaza, los parques, los baldíos, los monumentos, los símbolos del poder y del consumo, de la riqueza y la pobreza, las viviendas, las calles, las ve-redas, el arbolado, etc.) que generan el acervo de significaciones que conforman su idioma. Un buen porcentaje de esas significaciones no son percibidas, sin embrago actúan a nivel inconsciente, desarrollándose así el vínculo entre el peatón y su ámbito cotidiano.
Esta relación (peatón - entorno) es particularmente curiosa en Toay, ya que, más allá del explícito pesimismo que demostramos para con nuestro pueblo, implícitamente desarrollamos también cierto sentimiento de arraigo que nos define como toayenses: se podría decir que es una cualidad fenomenal..., pero decididamente inherente a nuestra idiosincrasia social.
Cuando caminamos por Toay la impresión prístina y dominante es que un manto de monotonía cubre el paisaje, pero si agudizamos mínimamente los sentidos podremos descifrar muchas más de esas "significaciones no percibidas", es decir, aprenderemos más palabras del idioma de nuestro pueblo: eso nos permitirá conocerlo mejor, y por en-de, conocernos mejor.
El casco urbano de Toay de extiende unos 1.000 metros en sentido SE - NO y 2.400 metros en sentido SO - NE. En esa superficie se desarrolla gran parte de la vida diaria de sus habitantes, que mediante su accionar social (histórico y actual) determinan que el pueblo sea como es; y si bien no existe una subdivisión sectorial (más allá de los cuatro grandes sectores definidos por Boulevard Brown y 9 de Julio), muchos lugares se destacan por sus características propias.
Hacia el este, traspasando la avenida circundante 13 de Caballería y dejando atrás los terrenos del FCO, nos encontramos con un barrio que, ya sea por su ubicación como por su fisonomía, se recorta con nitidez en nuestro imaginario colectivo: es el Barrio Parque San Martín.
El mismo se erige en terrenos que pertenecían, según la mensura original de Toay, a la sección de quintas del ejido municipal; y fueron precisamente los lotes dos, tres y cuatro de la quinta 2 los que se subdividieron en 106 terrenos, otorgándose al predio su actual denominación. El loteo se realizó en el año 1.958 aproximadamente por iniciativa de Luís Ferro, propietario de la quinta, surgiendo de esta manera el barrio original, que estaba comprendido entre las actuales calles Domínguez, Zelarrayán, Quiroga y avenida Perón; con el tiempo se fue extendiendo hasta llegar a ocupar la superficie actual, es decir, desde la calle Rivera hasta la calle Carmelo Gugliotta y desde avenida Perón hasta la calle Quiroga. Ésta última corre paralela a las vías y determina, en su intersección con Rivera, el actual acceso vehicular del barrio; y digo "vehicular" porque el acceso peatonal es, indudablemente, un ancho camino serpenteado que se extiende a manera de atajo desde la intersección de las calles 3 de Febrero y Rivera hasta la esquina de Quiroga y Luís Ferro.
Los nombres que hoy llevan las calles se establecieron a principios de la dé-cada del 90 y surgieron, a manera de epónimo, en honor a los primeros pobladores del barrio: Domínguez, Ferro, Zelarrayán, Carro, Vigne, Archúa y Quiroga. Entre esos primeros pobladores también se encontraban Torres, Muñoz, Borrás, Boyero…; más tarde mucha gente fue adquiriendo terrenos del loteo original, algunos compradores fueron Castro, Álvarez, Franjíe, Tuells, Sukdorf…
Un viejo habitante nos cuenta:


Barrio San Martín Original

"Cuando vinimos no había nada, ¡era todo arena y olivillo! No había comercios, pero si tenemos en cuenta la ex-tensión posterior del barrio, "el boliche
de Juárez" era el único negocio.
Para cualquier cosa teníamos que ir hasta Toay, que parecía estar mucho más lejos que ahora porque la vía y la entrada actual estaban cercadas. Por aquellos años el acceso al barrio era por la ruta, entonces teníamos que dar toda la vuelta. ¡El camino hasta el pueblo era terrible!, estaba lleno de arenales y el paisaje era muy diferente, no existían todas las construcciones que hay ahora. Estaban, sí, los eucaliptus y los loros barranqueros."

Extensión posterior del barrio

El aditamento "Parque" a la denominación completa del predio nos dice (tal vez) que otro debe haber sido el futuro que el dueño de las tierras imaginó para el barrio.
Emplazado entre la vía y la ruta nacional 5, los accesos más importantes con los que Toay contaba por aquellos años, el lugar se convertiría (en los pensamientos de Ferro) en un barrio modelo; con una ubicación tan privilegiada, el tiempo no podría deparar otro destino para su proyecto. Pero muchos son los incisos con los que los hombres escriben la historia…, y más allá de otras causas que escapan a estas líneas, el hecho de haber transformado a la avenida 13 de Caballería en el acceso principal del pueblo (en 1.993 aprox.) seguramente influyó en el desarrollo posterior de barrio. Así, la ruta 5 quedó relegada como camino alternativo, desvirtuándose con esta situación el carácter de entrada principal que se puede apreciar cuando, al observar un plano de Toay, fijamos la vista en el empalme de las avenidas Del Trabajo y 9 de Julio. (El tema podrá ser desarrollado, oportunamente, en otra entrega de Misceláneas urbanas.)
Casas de construcción elemental dispuestas a la vera de callecitas angostas definen la fisonomía de este barrio en el que los terrenos vacíos, cruzados en todas direcciones por estrechos y ondulantes caminitos, nos dicen que el peatón se ha convertido en un experto en el arte de cortar camino. Pero atención, veamos hasta que punto dichos supuestos atajos son solo eso, es decir, una forma de abreviar distancias; porque varios de ellos serpentean sin motivo aparente... ¡eluden obstáculos inexistentes!
¿Será un hábito inconsciente para extender la caminata vespertina, cuando el sol cae iluminando el telón de eucaliptus y el estruendoso eco de los loros se ex-pande en el espacio?
Tal vez (seguro), alguien intente refutar mi hipotética idea para afirmar disidente, convencido y tempestuoso, que solo se trata de cruzar baldíos.-

Muchas gracias a Pablo Borrás y a aquellos vecinos que aportaron documentación y datos históricos.-























































 

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