Barrio San martín
Todo asentamiento urbano, ya sea una pequeña
aldea o una gran metrópoli, es naturalmente
ecléctico. Los usos y costumbres de los habitantes
se reflejan, inevitablemente, en la fisonomía
peculiar que define el aspecto de una ciudad, de un
pueblo, de un barrio, de una plaza, de una calle o
de una esquina. Todo interactúa dando forma
al idioma urbano mediante el cual un determinado lugar
y/o espacio se expresa y nos dice cómo fuimos,
y sobre todo, cómo somos como sociedad; se
deduce entonces que buena parte de la identidad urbana
reside en el aspecto físico del lugar en que
vivimos. La imagen urbana es, en definitiva, la expresión
de las características de un lugar y su población.
En tal sentido nuestro pueblo, como cualquier otro,
posee una gran diversidad de factores (la plaza, los
parques, los baldíos, los monumentos, los símbolos
del poder y del consumo, de la riqueza y la pobreza,
las viviendas, las calles, las ve-redas, el arbolado,
etc.) que generan el acervo de significaciones que
conforman su idioma. Un buen porcentaje de esas significaciones
no son percibidas, sin embrago actúan a nivel
inconsciente, desarrollándose así el
vínculo entre el peatón y su ámbito
cotidiano.
Esta relación (peatón - entorno) es
particularmente curiosa en Toay, ya que, más
allá del explícito pesimismo que demostramos
para con nuestro pueblo, implícitamente desarrollamos
también cierto sentimiento de arraigo que nos
define como toayenses: se podría decir que
es una cualidad fenomenal..., pero decididamente inherente
a nuestra idiosincrasia social.
Cuando caminamos por Toay la impresión prístina
y dominante es que un manto de monotonía cubre
el paisaje, pero si agudizamos mínimamente
los sentidos podremos descifrar muchas más
de esas "significaciones no percibidas",
es decir, aprenderemos más palabras del idioma
de nuestro pueblo: eso nos permitirá conocerlo
mejor, y por en-de, conocernos mejor.
El casco urbano de Toay de extiende unos 1.000 metros
en sentido SE - NO y 2.400 metros en sentido SO -
NE. En esa superficie se desarrolla gran parte de
la vida diaria de sus habitantes, que mediante su
accionar social (histórico y actual) determinan
que el pueblo sea como es; y si bien no existe una
subdivisión sectorial (más allá
de los cuatro grandes sectores definidos por Boulevard
Brown y 9 de Julio), muchos lugares se destacan por
sus características propias.
Hacia el este, traspasando la avenida circundante
13 de Caballería y dejando atrás los
terrenos del FCO, nos encontramos con un barrio que,
ya sea por su ubicación como por su fisonomía,
se recorta con nitidez en nuestro imaginario colectivo:
es el Barrio Parque San Martín.
El mismo se erige en terrenos que pertenecían,
según la mensura original de Toay, a la sección
de quintas del ejido municipal; y fueron precisamente
los lotes dos, tres y cuatro de la quinta 2 los que
se subdividieron en 106 terrenos, otorgándose
al predio su actual denominación. El loteo
se realizó en el año 1.958 aproximadamente
por iniciativa de Luís Ferro, propietario de
la quinta, surgiendo de esta manera el barrio original,
que estaba comprendido entre las actuales calles Domínguez,
Zelarrayán, Quiroga y avenida Perón;
con el tiempo se fue extendiendo hasta llegar a ocupar
la superficie actual, es decir, desde la calle Rivera
hasta la calle Carmelo Gugliotta y desde avenida Perón
hasta la calle Quiroga. Ésta última
corre paralela a las vías y determina, en su
intersección con Rivera, el actual acceso vehicular
del barrio; y digo "vehicular" porque el
acceso peatonal es, indudablemente, un ancho camino
serpenteado que se extiende a manera de atajo desde
la intersección de las calles 3 de Febrero
y Rivera hasta la esquina de Quiroga y Luís
Ferro.
Los nombres que hoy llevan las calles se establecieron
a principios de la dé-cada del 90 y surgieron,
a manera de epónimo, en honor a los primeros
pobladores del barrio: Domínguez, Ferro, Zelarrayán,
Carro, Vigne, Archúa y Quiroga. Entre esos
primeros pobladores también se encontraban
Torres, Muñoz, Borrás, Boyero…;
más tarde mucha gente fue adquiriendo terrenos
del loteo original, algunos compradores fueron Castro,
Álvarez, Franjíe, Tuells, Sukdorf…
Un viejo habitante nos cuenta:

Barrio San Martín Original
"Cuando vinimos no había nada, ¡era
todo arena y olivillo! No había comercios,
pero si tenemos en cuenta la ex-tensión posterior
del barrio, "el boliche
de Juárez" era el único negocio.
Para cualquier cosa teníamos que ir hasta Toay,
que parecía estar mucho más lejos que
ahora porque la vía y la entrada actual estaban
cercadas. Por aquellos años el acceso al barrio
era por la ruta, entonces teníamos que dar
toda la vuelta. ¡El camino hasta el pueblo era
terrible!, estaba lleno de arenales y el paisaje era
muy diferente, no existían todas las construcciones
que hay ahora. Estaban, sí, los eucaliptus
y los loros barranqueros."
Extensión posterior del barrio
El aditamento "Parque" a
la denominación completa del predio nos dice
(tal vez) que otro debe haber sido el futuro que el
dueño de las tierras imaginó para el
barrio.
Emplazado entre la vía y la ruta nacional 5,
los accesos más importantes con los que Toay
contaba por aquellos años, el lugar se convertiría
(en los pensamientos de Ferro) en un barrio modelo;
con una ubicación tan privilegiada, el tiempo
no podría deparar otro destino para su proyecto.
Pero muchos son los incisos con los que los hombres
escriben la historia…, y más allá
de otras causas que escapan a estas líneas,
el hecho de haber transformado a la avenida 13 de
Caballería en el acceso principal del pueblo
(en 1.993 aprox.) seguramente influyó en el
desarrollo posterior de barrio. Así, la ruta
5 quedó relegada como camino alternativo, desvirtuándose
con esta situación el carácter de entrada
principal que se puede apreciar cuando, al observar
un plano de Toay, fijamos la vista en el empalme de
las avenidas Del Trabajo y 9 de Julio. (El tema podrá
ser desarrollado, oportunamente, en otra entrega de
Misceláneas urbanas.)
Casas de construcción elemental dispuestas
a la vera de callecitas angostas definen la fisonomía
de este barrio en el que los terrenos vacíos,
cruzados en todas direcciones por estrechos y ondulantes
caminitos, nos dicen que el peatón se ha convertido
en un experto en el arte de cortar camino. Pero atención,
veamos hasta que punto dichos supuestos atajos son
solo eso, es decir, una forma de abreviar distancias;
porque varios de ellos serpentean sin motivo aparente...
¡eluden obstáculos inexistentes!
¿Será un hábito inconsciente
para extender la caminata vespertina, cuando el sol
cae iluminando el telón de eucaliptus y el
estruendoso eco de los loros se ex-pande en el espacio?
Tal vez (seguro), alguien intente refutar mi hipotética
idea para afirmar disidente, convencido y tempestuoso,
que solo se trata de cruzar baldíos.-

Muchas gracias a Pablo Borrás
y a aquellos vecinos que aportaron documentación
y datos históricos.-