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 Toay- Septiembre -2006

Con sabor a nostalgia Decimotercera parte



Por el primer cuarto de siglo, los empleados del ferrocarril impulsaron muchas iniciativas, entre ellas, el Club Sportivo. Sus colores, el verde y el rojo, son los que usaban los guardas para las señales: el pañuelo rojo indicaba que el maquinista aún no podía partir y el verde agitándose era la señal de partida…
He escuchado decir que eran muy buenos lectores, y que contribuyeron con su inquietud a la creación y mantenimiento de la biblioteca.
En la última época que viviéramos con mis padres en Toay (yo ya contaba con unos 13 ó 14 años), conocí a un ferroviario – Arpigiani - que gustaba jugar al ajedrez. Creo que después fue trasladado a Catriló, donde siguió practicando el juego ciencia.
El ajedrez constituía uno de los entretenimientos de los mayores, y de ellos, algunos menores aprendimos a mover las piezas. En mi caso, las primeras reglas me fueron enseñadas por mi tío Abel Lema; también él fue quien me iniciara en el arte de manejar el taco del billar.
El farmacéutico Riva se destacaba en ajedrez. Otros aficionados de aquel entonces eran mi padre y Aníbal Giúdice; había más, pero lamentablemente sus nombres escaparon de mi memoria. Cuando yo era niño, escuchaba los comentarios sobre los enfrentamientos entre Riva y Lizárraga, de Santa Rosa, cuyas partidas concitaban el interés y la atención de todos. Según decían, ambos “se sacaban chispas…”
Varios eran los deportes que se practicaban en Toay. El sitio donde ahora existe una moderna pileta de natación que hace las delicias de niños, jóvenes y adultos cuando el sol cae a plomo y los frutos maduran, fue escenario de vibrantes partidos de pelota a paleta. Era la cancha del hotel.
Este hotel, cuando yo tenía 6 ó 7 años, era explotado por una familia de españoles de apellido González, parientes de don Robustiano, también español de origen y de cuyas anécdotas viejos pobladores han de guardar buena memoria. Siempre usaba gorra vasca negra y vivía del otro del otro lado de la vía, frente a la estación, entre ésta y la unidad militar.
El hotel tenía un pequeño salón comedor, algunas habitaciones, confitería y una cocina que proveía de vianda a algunos clientes. En su confitería contaba con una mesa de billar, donde los mayores (únicas personas admitidas en tales lugares de entretenimiento) solían reunirse por las noches o los fines de semana para pasar el rato, despuntar el vicio y de paso, beber algún aperitivo con ingredientes…
A diferencia de muchas canchas de paleta, la de Toay estaba cerrada por ambos laterales y no tenía frontón de fondo, así que los jugadores debían bolear la negra y vivaz pelota antes que pasara por al tapial hacia el fondo de la panadería de Ángel Losada, perdiendo el tanto si ello ocurría. Era, indudablemente, una cancha difícil que requería máxima atención y estado atlético.
Tengo entendido que hubo muy buenos jugadores de pelota a paleta en Toay. Algunos nombres recuerdo: el farmacéutico Riva, Albores, Maximino Losada, Juan López, mis tíos Mario y Tito Rodríguez, los Pérez (entre los que se contaba el por entonces famoso Hormiga Negra), en fin…confío en que algún lector agregue mentalmente todas las personas que aquí, indudablemente, faltan mencionar. Es simple memoria… ¡recuerdos! ¡Ojalá pudiéramos rescatar hechos, anécdotas, datos y nombres que posibiliten una historia completa de nuestro pueblo!











 

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