Por el primer cuarto de siglo, los empleados del ferrocarril
impulsaron muchas iniciativas, entre ellas, el Club
Sportivo. Sus colores, el verde y el rojo, son los
que usaban los guardas para las señales: el
pañuelo rojo indicaba que el maquinista aún
no podía partir y el verde agitándose
era la señal de partida…
He escuchado decir que eran muy buenos lectores, y
que contribuyeron con su inquietud a la creación
y mantenimiento de la biblioteca.
En la última época que viviéramos
con mis padres en Toay (yo ya contaba con unos 13
ó 14 años), conocí a un ferroviario
– Arpigiani - que gustaba jugar al ajedrez.
Creo que después fue trasladado a Catriló,
donde siguió practicando el juego ciencia.
El ajedrez constituía uno de los entretenimientos
de los mayores, y de ellos, algunos menores aprendimos
a mover las piezas. En mi caso, las primeras reglas
me fueron enseñadas por mi tío Abel
Lema; también él fue quien me iniciara
en el arte de manejar el taco del billar.
El farmacéutico Riva se destacaba en ajedrez.
Otros aficionados de aquel entonces eran mi padre
y Aníbal Giúdice; había más,
pero lamentablemente sus nombres escaparon de mi memoria.
Cuando yo era niño, escuchaba los comentarios
sobre los enfrentamientos entre Riva y Lizárraga,
de Santa Rosa, cuyas partidas concitaban el interés
y la atención de todos. Según decían,
ambos “se sacaban chispas…”
Varios eran los deportes que se practicaban en Toay.
El sitio donde ahora existe una moderna pileta de
natación que hace las delicias de niños,
jóvenes y adultos cuando el sol cae a plomo
y los frutos maduran, fue escenario de vibrantes partidos
de pelota a paleta. Era la cancha del hotel.
Este hotel, cuando yo tenía 6 ó 7 años,
era explotado por una familia de españoles
de apellido González, parientes de don Robustiano,
también español de origen y de cuyas
anécdotas viejos pobladores han de guardar
buena memoria. Siempre usaba gorra vasca negra y vivía
del otro del otro lado de la vía, frente a
la estación, entre ésta y la unidad
militar.
El hotel tenía un pequeño salón
comedor, algunas habitaciones, confitería y
una cocina que proveía de vianda a algunos
clientes. En su confitería contaba con una
mesa de billar, donde los mayores (únicas personas
admitidas en tales lugares de entretenimiento) solían
reunirse por las noches o los fines de semana para
pasar el rato, despuntar el vicio y de paso, beber
algún aperitivo con ingredientes…
A diferencia de muchas canchas de paleta, la de Toay
estaba cerrada por ambos laterales y no tenía
frontón de fondo, así que los jugadores
debían bolear la negra y vivaz pelota antes
que pasara por al tapial hacia el fondo de la panadería
de Ángel Losada, perdiendo el tanto si ello
ocurría. Era, indudablemente, una cancha difícil
que requería máxima atención
y estado atlético.
Tengo entendido que hubo muy buenos jugadores de pelota
a paleta en Toay. Algunos nombres recuerdo: el farmacéutico
Riva, Albores, Maximino Losada, Juan López,
mis tíos Mario y Tito Rodríguez, los
Pérez (entre los que se contaba el por entonces
famoso Hormiga Negra), en fin…confío
en que algún lector agregue mentalmente todas
las personas que aquí, indudablemente, faltan
mencionar. Es simple memoria… ¡recuerdos!
¡Ojalá pudiéramos rescatar hechos,
anécdotas, datos y nombres que posibiliten
una historia completa de nuestro pueblo!