Esta
claro que la finalidad del lenguaje es la comunicación.
Con las palabras intercambiamos ideas, valores, sentimientos,
puntos de vista. Puede decirse que el lenguaje ha
sido una de las más útiles producciones
del ser humano a lo largo de la historia. Para ser
más precisa ha sido lo que le ha permitido
al hombre ingresar en ella. La producción del
lenguaje escrito en el 3.000 a.C. es el acontecimiento
que separa prehistoria de historia.
Las palabras pueden denotar la realidad, designarla;
de lo cual se deriva su servicio comunicativo. Y,
a la vez, pueden esconderla, escamotearla, ocultarla;
y paralelamente obtener nuestro apoyo o adhesión,
o sea, convencernos de algo: de las “bondades”
de su propuesta electoral, o de un plan económico…
etc., etc.
Frente a quien utiliza el lenguaje, más abajo
y lejos, se ubicarían los que solo pueden escuchar,
la mayoría silenciosa, la masa conquistada
o seducida, a quien le correspondería la función
de aplaudir, vivar, o – televisión mediante
y en la Era de la Aldea Global – asentir, inmóvil
y obediente, a los dictados del poder.
Tanto en la lectura del diario como en la audición
de cualquier programa televisivo o radial podemos
hallar “palabras suaves”: apremios ilegales,
desprolijidades, cadenciados, aprestos bélicos,
víctimas inocentes, hinchas caracterizados,
irregularidades administrativas. De esta manera, o
bien porque la palabra utilizada es incomprensible
para quien la recibe o bien porque su expresión
es tan pudorosa, el objeto o hecho designado (concretamente:
la injusticia, el fraude, la violencia, la miseria,
la guerra) se esfuma como en una ficción.
También se puede ocultar algo por saturación.
En un programa de televisión en el que la imagen
elocuente de un atentado, una protesta o un accidente
se le sobreimprime la voz en off del locutor, que
habla mucho, mal y pronto; como para distraernos o
para evitar la reflexión o hasta para arrullarnos
en el sillón.
Hay palabras cuyo significado se va vaciando poco
a poco, hasta ya no decir nada. Democracia, libertad,
igualdad, transparencia política, justicia,
no son tan solo términos. Por el contrario,
designan y contienen un conjunto de ideas, luchas,
aspiraciones y realizaciones humanas. La mención
de cada uno de estos términos suele evocar
sentimientos positivos, imágenes culturales
compartidas y, por eso mismo, suscitan nuestra adhesión.
Vaciadas de contenidos, en cambio, son como los comodines:
pueden reemplazar a cualquier carta para mantener
o ganar el partido. Nadie admitiría estar en
contra de la libertad, el bienestar de los pueblos,
los derechos humanos. Sin embargo, una ligera observación
puede confirmarnos precisamente lo opuesto: terribles
autoritarios que se proclaman demócratas, auténticos
genocidas que se dicen cristianos, violentos y salvajes
que se juzgan como justicieros. Para ser clara: ninguna
dictadura, ninguna guerra y (pensando en barbaries
a largo plazo) ninguna contaminación ambiental,
lograría un mínimo de consenso si quienes
las promuevan confesaran en un lenguaje directo y
llano, lo que tales palabras encierran.
Hay quienes recurren a la ambigüedad. Grandes
discursos, excelentes piezas oratorias, extensas exposiciones,
en las que cualquier interpretación es válida
y posible, en donde “cada palabra dice lo que
dice y además más y otra cosa”*.
Aquí tal reparto de bienes deja a casi todos
satisfechos.
No obstante, es ingenuo creer que siempre nos engaña
el otro. Es verdad que estamos en desventaja en muchos
sentidos (como auditorio nos sentamos abajo y lejos),
en tanto receptores, participamos en el juego; y muchas
veces cedemos a la ley del menor esfuerzo y renunciamos
a pensar diferente.-
*Alejandra
Pizarnik, poeta.