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 Toay- Mayo -2006

Lo que se esconde detrás de las palabras por Gabriela Ramírez

Esta claro que la finalidad del lenguaje es la comunicación. Con las palabras intercambiamos ideas, valores, sentimientos, puntos de vista. Puede decirse que el lenguaje ha sido una de las más útiles producciones del ser humano a lo largo de la historia. Para ser más precisa ha sido lo que le ha permitido al hombre ingresar en ella. La producción del lenguaje escrito en el 3.000 a.C. es el acontecimiento que separa prehistoria de historia.
Las palabras pueden denotar la realidad, designarla; de lo cual se deriva su servicio comunicativo. Y, a la vez, pueden esconderla, escamotearla, ocultarla; y paralelamente obtener nuestro apoyo o adhesión, o sea, convencernos de algo: de las “bondades” de su propuesta electoral, o de un plan económico… etc., etc.
Frente a quien utiliza el lenguaje, más abajo y lejos, se ubicarían los que solo pueden escuchar, la mayoría silenciosa, la masa conquistada o seducida, a quien le correspondería la función de aplaudir, vivar, o – televisión mediante y en la Era de la Aldea Global – asentir, inmóvil y obediente, a los dictados del poder.
Tanto en la lectura del diario como en la audición de cualquier programa televisivo o radial podemos hallar “palabras suaves”: apremios ilegales, desprolijidades, cadenciados, aprestos bélicos, víctimas inocentes, hinchas caracterizados, irregularidades administrativas. De esta manera, o bien porque la palabra utilizada es incomprensible para quien la recibe o bien porque su expresión es tan pudorosa, el objeto o hecho designado (concretamente: la injusticia, el fraude, la violencia, la miseria, la guerra) se esfuma como en una ficción.
También se puede ocultar algo por saturación. En un programa de televisión en el que la imagen elocuente de un atentado, una protesta o un accidente se le sobreimprime la voz en off del locutor, que habla mucho, mal y pronto; como para distraernos o para evitar la reflexión o hasta para arrullarnos en el sillón.
Hay palabras cuyo significado se va vaciando poco a poco, hasta ya no decir nada. Democracia, libertad, igualdad, transparencia política, justicia, no son tan solo términos. Por el contrario, designan y contienen un conjunto de ideas, luchas, aspiraciones y realizaciones humanas. La mención de cada uno de estos términos suele evocar sentimientos positivos, imágenes culturales compartidas y, por eso mismo, suscitan nuestra adhesión. Vaciadas de contenidos, en cambio, son como los comodines: pueden reemplazar a cualquier carta para mantener o ganar el partido. Nadie admitiría estar en contra de la libertad, el bienestar de los pueblos, los derechos humanos. Sin embargo, una ligera observación puede confirmarnos precisamente lo opuesto: terribles autoritarios que se proclaman demócratas, auténticos genocidas que se dicen cristianos, violentos y salvajes que se juzgan como justicieros. Para ser clara: ninguna dictadura, ninguna guerra y (pensando en barbaries a largo plazo) ninguna contaminación ambiental, lograría un mínimo de consenso si quienes las promuevan confesaran en un lenguaje directo y llano, lo que tales palabras encierran.
Hay quienes recurren a la ambigüedad. Grandes discursos, excelentes piezas oratorias, extensas exposiciones, en las que cualquier interpretación es válida y posible, en donde “cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”*. Aquí tal reparto de bienes deja a casi todos satisfechos.
No obstante, es ingenuo creer que siempre nos engaña el otro. Es verdad que estamos en desventaja en muchos sentidos (como auditorio nos sentamos abajo y lejos), en tanto receptores, participamos en el juego; y muchas veces cedemos a la ley del menor esfuerzo y renunciamos a pensar diferente.-

*Alejandra Pizarnik, poeta.






 

 

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