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 Toay- Mayo -2006

Con sabor a nostalgia Novena parte

En verano, antes del mediodía y luego de la siesta, era actividad normal de los menores, dedicarnos a comer fruta. Mientras jugábamos distintos juegos u hondeábamos, nos dedicábamos a comer ciruelas, damascos y uvas, membrillos e higos de tuna. A estos frutos, le llamábamos simplemente “tunas”. Por esos tiempos existían muchos cercos de esta variedad de planta silvestre. Había de dos tipos: las que daban el fruto amarillo – que eran las que comíamos -, y las que daban el fruto morado. A estos higos jamás los probé, no me pregunten porqué.
Provistos de largos palos y un balde con agua fresca, juntábamos las tunas y las refrescábamos. Luego, con un cuchillo y un tenedor, hacíamos el corte de la cáscara. Tras despegar el fruto, ya lavado y fresco, procedíamos a saborear de la cosecha realizada.
En la tarea de comer fruta, no solo diezmábamos lo producido en casa de nuestros abuelos, sino también lo de los vecinos. En nuestra casa había, por ejemplo, una buena variedad y cantidad de uvas: blancas, moradas y una de “moscatel”, que era la preferida de mi padre. Pero las más sabrosas (¿porqué será que hasta el pan de los vecinos, siendo de la misma panadería, nos sabía más sabroso?), eran las de don José Sarasola. Sus parrales daban frutos dulces y apetitosos… ¡Si habremos recorrido esos parrales, y si habremos volteado racimos! Y ni que decir la cantidad de damascos que habremos comido de una enorme planta que había en la mitad de “la quinta”.
El riego del huerto de don José, se realizaba a través de pequeños canales construidos de ladrillos. De un tanque de chapa corría el agua hacia los surcos y almácigos. Precisamente del caño de la perforación del molino que abastecía a este tanque, bebíamos el agua fresca mientras correteábamos por el predio. Ese chorro cristalino no solo calmaba nuestra sed, sino que también servía para humedecernos el rostro y la cabeza, y para lavarnos las manos.1
Ocasionalmente, solíamos ayudar a doña Amalia o a don José a pesar la leña. Porque Sarasola y Schultz poseían uno de los más activos comercios de compra y venta de leña. 2
Por aquellos años, el comercio de la leña era sumamente importante en Toay. Del momento que prácticamente la población dependía de ella para cocinar o calefaccionarse, el mercado era amplio. Sin contar las panadería, cuyos hornos también de alimentaban de leña. Es decir que el movimiento comercial era activo durante todo el año, incluido el verano.
Grandes estibas (las llamábamos “pilas”) de leña de alineaban al fondo del terreno, formando verdaderos “pasadizos” por los que circulaban los camiones cargando o descargando el producto. En una época, la abundancia de la mercadería llevó a don José y don Conrado a alambrar un cuarto de manzana al frente, para poder acumular la leña. Hoy allí, existe un barrio de viviendas.
Dedicado a este comercio, también se encontraba don Antonio Diez, español de origen. La casa y los terrenos de don Antonio son los que hoy ocupa la empresa Carusso, en Italia y Sarmiento. Había más personas dedicadas a este rubro, pero son éstos a quienes más recuerdo.
Durante muchos años, con don José y don Conrado supo trabajar Herminio Larregui y también Raúl López. Con don Antonio, el “negro” Kelo Corbalán.
Desde donde arranca mi memoria, recuerdo que Schultz y Sarasola poseían dos camiones “Internacional”. Luego compraron un Ford nuevo. Posteriormente trajeron el primer diesel, que era un verdadero monstruo: el “Thornicroft”. No sé si se escribe así la marca, pero por ahí cerca debe ser… Poco tiempo después, paseó por Toay el primer “Skoda”, de origen checoslovaco; Debe haber sido allá por fines del 56 o 57. Me parece que el Thornicroft era de origen inglés. A ese sí que, como dice el tango… “se paraban pa`mirarte”.
Don Antonio por su parte, tenía un GMC y un Ford “ñato” o “mocho” (hoy se llaman “frontales”). El GMC rodó hasta no hace muchos años. Al otro, creo que aún el negro Kelo lo hace andar… 3
La leña se traía de los desmontes que se realizaban en la zona rural. Eran las famosas y ya legendarias “hachadas”. Un hacha, brazos fuertes, sudor y padecimientos. En medio de los montes de nuestro caldén, se alzaban las “carpas”. Con unos “palos” – ramas secas del mismo caldén -, alambre, pasto puna y a veces un poco de barro, se construía la vivienda. A veces, para albergar al solitario hachero…, a veces para albergar también a toda la familia. Un pequeño fogón por cocina, alguna olla, alguna cacerola y algún sartén para cocinar. Algún plato de aluminio, algún tenedor, alguna cuchara, algún tronco o cabeza de vaca por asiento… A un costado, el catre con alguitas “pilchas”; en un rincón, talvez la damajuana. En un tambor, agua para beber o para lavarse un poco; la palangana, un gato para que se ocupara de las víboras, y algunos perros flacos para cazar piches o peludos, o algún “avestruz”…; carne fresca, por si el patrón no aparecía muy seguido con nuevos víveres traídos del pueblo. Alejados y olvidados del mundo…, con todo el frío en el invierno, con todo el calor en el verano; y el sudor…, el sudor amigo y compañero, todo el año. ¡Vaya si ha hecho sacrificio mi pueblo!

1 – Al no existir piletas de natación, los tanques cumplían con la misión de servir para refrescarse y nadar un poco en verano. Este de Sarasola era al que concurríamos habitualmente con mi hermano, y con alguno de los muchachos de Maidana (generalmente Eduardo y Carlos), que eran de nuestra edad.-
2 – Había una báscula que se utilizaba para pesar cantidades relativamente pequeñas de leña. La leña se vendía “entera”. El corte corría por cuenta del cliente, en su casa.-
3 – Don Antonio era propietario de una báscula donde se pesaban los camiones y su carga.-






 

 

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