En verano, antes del mediodía
y luego de la siesta, era actividad normal de los
menores, dedicarnos a comer fruta. Mientras jugábamos
distintos juegos u hondeábamos, nos dedicábamos
a comer ciruelas, damascos y uvas, membrillos e higos
de tuna. A estos frutos, le llamábamos simplemente
“tunas”. Por esos tiempos existían
muchos cercos de esta variedad de planta silvestre.
Había de dos tipos: las que daban el fruto
amarillo – que eran las que comíamos
-, y las que daban el fruto morado. A estos higos
jamás los probé, no me pregunten porqué.
Provistos de largos palos y un balde con agua fresca,
juntábamos las tunas y las refrescábamos.
Luego, con un cuchillo y un tenedor, hacíamos
el corte de la cáscara. Tras despegar el fruto,
ya lavado y fresco, procedíamos a saborear
de la cosecha realizada.
En la tarea de comer fruta, no solo diezmábamos
lo producido en casa de nuestros abuelos, sino también
lo de los vecinos. En nuestra casa había, por
ejemplo, una buena variedad y cantidad de uvas: blancas,
moradas y una de “moscatel”, que era la
preferida de mi padre. Pero las más sabrosas
(¿porqué será que hasta el pan
de los vecinos, siendo de la misma panadería,
nos sabía más sabroso?), eran las de
don José Sarasola. Sus parrales daban frutos
dulces y apetitosos… ¡Si habremos recorrido
esos parrales, y si habremos volteado racimos! Y ni
que decir la cantidad de damascos que habremos comido
de una enorme planta que había en la mitad
de “la quinta”.
El riego del huerto de don José, se realizaba
a través de pequeños canales construidos
de ladrillos. De un tanque de chapa corría
el agua hacia los surcos y almácigos. Precisamente
del caño de la perforación del molino
que abastecía a este tanque, bebíamos
el agua fresca mientras correteábamos por el
predio. Ese chorro cristalino no solo calmaba nuestra
sed, sino que también servía para humedecernos
el rostro y la cabeza, y para lavarnos las manos.1
Ocasionalmente, solíamos ayudar a doña
Amalia o a don José a pesar la leña.
Porque Sarasola y Schultz poseían uno de los
más activos comercios de compra y venta de
leña. 2
Por aquellos años, el comercio de la leña
era sumamente importante en Toay. Del momento que
prácticamente la población dependía
de ella para cocinar o calefaccionarse, el mercado
era amplio. Sin contar las panadería, cuyos
hornos también de alimentaban de leña.
Es decir que el movimiento comercial era activo durante
todo el año, incluido el verano.
Grandes estibas (las llamábamos “pilas”)
de leña de alineaban al fondo del terreno,
formando verdaderos “pasadizos” por los
que circulaban los camiones cargando o descargando
el producto. En una época, la abundancia de
la mercadería llevó a don José
y don Conrado a alambrar un cuarto de manzana al frente,
para poder acumular la leña. Hoy allí,
existe un barrio de viviendas.
Dedicado a este comercio, también se encontraba
don Antonio Diez, español de origen. La casa
y los terrenos de don Antonio son los que hoy ocupa
la empresa Carusso, en Italia y Sarmiento. Había
más personas dedicadas a este rubro, pero son
éstos a quienes más recuerdo.
Durante muchos años, con don José y
don Conrado supo trabajar Herminio Larregui y también
Raúl López. Con don Antonio, el “negro”
Kelo Corbalán.
Desde donde arranca mi memoria, recuerdo que Schultz
y Sarasola poseían dos camiones “Internacional”.
Luego compraron un Ford nuevo. Posteriormente trajeron
el primer diesel, que era un verdadero monstruo: el
“Thornicroft”. No sé si se escribe
así la marca, pero por ahí cerca debe
ser… Poco tiempo después, paseó
por Toay el primer “Skoda”, de origen
checoslovaco; Debe haber sido allá por fines
del 56 o 57. Me parece que el Thornicroft era de origen
inglés. A ese sí que, como dice el tango…
“se paraban pa`mirarte”.
Don Antonio por su parte, tenía un GMC y un
Ford “ñato” o “mocho”
(hoy se llaman “frontales”). El GMC rodó
hasta no hace muchos años. Al otro, creo que
aún el negro Kelo lo hace andar… 3
La leña se traía de los desmontes que
se realizaban en la zona rural. Eran las famosas y
ya legendarias “hachadas”. Un hacha, brazos
fuertes, sudor y padecimientos. En medio de los montes
de nuestro caldén, se alzaban las “carpas”.
Con unos “palos” – ramas secas del
mismo caldén -, alambre, pasto puna y a veces
un poco de barro, se construía la vivienda.
A veces, para albergar al solitario hachero…,
a veces para albergar también a toda la familia.
Un pequeño fogón por cocina, alguna
olla, alguna cacerola y algún sartén
para cocinar. Algún plato de aluminio, algún
tenedor, alguna cuchara, algún tronco o cabeza
de vaca por asiento… A un costado, el catre
con alguitas “pilchas”; en un rincón,
talvez la damajuana. En un tambor, agua para beber
o para lavarse un poco; la palangana, un gato para
que se ocupara de las víboras, y algunos perros
flacos para cazar piches o peludos, o algún
“avestruz”…; carne fresca, por si
el patrón no aparecía muy seguido con
nuevos víveres traídos del pueblo. Alejados
y olvidados del mundo…, con todo el frío
en el invierno, con todo el calor en el verano; y
el sudor…, el sudor amigo y compañero,
todo el año. ¡Vaya si ha hecho sacrificio
mi pueblo!
1
– Al no existir piletas de natación,
los tanques cumplían con la misión de
servir para refrescarse y nadar un poco en verano.
Este de Sarasola era al que concurríamos habitualmente
con mi hermano, y con alguno de los muchachos de Maidana
(generalmente Eduardo y Carlos), que eran de nuestra
edad.-
2 – Había una báscula que se utilizaba
para pesar cantidades relativamente pequeñas
de leña. La leña se vendía “entera”.
El corte corría por cuenta del cliente, en
su casa.-
3 – Don Antonio era propietario de una báscula
donde se pesaban los camiones y su carga.-