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 Toay- Mayo -2006

Colonia Ramón Quintas Entrevista a Vicente Calinger por Juan J López

...Yo vivía con mis abuelos en un campo cercano a la Colonia. Recuerdo que 1932 fue el año de la ceniza, en 1934 las cosas no andaban bien, teníamos que dejar el campo. Los abuelos se enteraron que en la Colonia Ramón Quintas daban lotes para los chacareros y allá nos fuimos con los carros, algunos chanchos cargados, los perros… lo primero que hicimos fue la casita; yo tenía ocho años. Después llegaron más colonos y eso se fue poblando.

¿Cómo funcionaba la Colonia?

Ramón Quintas era el dueño y cada tanto venía de Buenos Aires. Había un administrador, que en ese tiempo era Arteaga. También había un contralor que cuando llegaba la cosecha salía en su caballo a controlar lo que se cosechaba. De lo que se producía, había que darle un tanto por ciento a la administración. Me acuerdo que los abuelos y los tíos, como todo chacarero, agarraban unas bolsas y las tapaban con paja, entonces el contralor contaba las bolsas que habían "sacado" y de eso había que darle un porcentaje.
Cuando Ramón Quintas venía de Buenos Aires, paraba en la estancia. Entonces un vasco viejo cargaba a don Quintas y lo llevaba a dar toda la vuelta, ¡eran dieciocho leguas, dieciocho molinos!, pero… iban por donde había menos trigo, por donde estaba más "flaquito", ¿para qué?... para que no supiera lo que se cosechaba. Pero… había años que no había trabajo, hasta que llegó ese año terrible…1937, ¡mucha miseria! Después de ese año vino un poco mejor la cosa; en el 40 yo me vine a Santa Rosa y en el 41 volví a la Colonia a trabajar de mensual, tenía quince años. Por esa época se fueron muchos chacareros y mis tíos volvieron a hacer la casita cerca del casco de la estancia. Así estuve hasta el 46 que me tocó el servicio militar, porque en el 44 yo me había enrolado en Toay. Me acuerdo que vine a caballo desde la Colonia y lo dejé en la fonda de Quiroga para ir hasta Santa Rosa a sacarme la foto. De vuelta en Toay, Jorge Brown me enroló a la mañana; después me fui a la fonda, almorcé, dormí una "siestita" y a la noche ensillé el "mano blanca" y salí de vuelta para la Colonia… ¡veinte leguas eran! llegué a la madrugada.

¿Se acuerda de 1937?

¡Sí, cómo no me voy a acordar!, parece mentira pero es la pura verdad: nosotros cruzábamos los alambrados de siete hilos a caballo… ¡estaban tapados de arena! Todo el día viento, a la mañana de un lado, a la tarde del otro, no llovía; fueron varios meses así… ¡mucha miseria!, no había para comer, no había agua, las vacas no daban leche. Yo tenía once años en el 37, y tenía que llevar los caballos a tomar agua y a comer a los rastrojos… ¡me acuerdo que el sol es-taba terrible! Un día los tíos se fueron a Carro Quemado y yo me quedé con mi tía Paulina… ¡había mucho viento y arena! ..., por allá apareció un borrego flaco y dice mi tía:
- Vamos a esperar la noche para carnearlo.
Y yo pensaba: ¡qué vamos a esperar la noche! si estábamos solos ahí..., ¡no venía nadie!

¿Cómo era la vida en la Colonia?

Cada familia tenía su "campito". ¡Eran todos alemanes! Había muy pocos "morochos". Cuando nosotros fuimos a la Colonia estaban los Seibal, los Haberkon, los Neiman; más tarde vinieron los otros Haberkorn, Martín Báiz y los Hertz. Había muy poquitos "morochos". Todos hablábamos ale-mán; los mayores se "defendían" hablando en "castilla", pero nosotros los chicos no sabíamos ni una palabra. Cuando venían los "morochos" mi hermana y yo nos escondíamos porque les teníamos miedo, después ya siendo más gran-des y sabiendo hablar en "castilla", ese miedo se perdió…
En la casa las mujeres hacían todo: las comidas, el pan, facturas. Me acuerdo que los primeros de enero rezaban un rosario en alemán y recién para el mediodía preparaban un lechón: primero lo pelaban bien y lo rellenaban con pasas de uva y pan, lo cosían y lo "mandaban" al horno de barro. Lo mismo en Navidad, los veinticinco.
En las mañanas de invierno juntaban la escarcha en un fuentón, porque cuando se descongelaba subía el agua buena y la sal quedaba abajo, y ese agua usaban para lavar la ropa. En tiempo de cosecha agarraban el trigo, le sacaban la espiga, lo limpiaban, lo trenzaban y hacían unas tiras muy lar-gas; las cosían y con eso hacían los sombreros.
La heladera era el pozo. Cuando se carneaba una oveja o un borrego, ataban la carne con un lazo y bajaban los cortes Recuerdo que a la tardecita, antes de oscurecer, se prendía un candil para preparar la comida, cuando ya estaba la cena se prendía una de esas lámparas con tubo; y así, con esa luz y una mesa larga, cenábamos… sentarse en la mesa a comer arremangados o en camisolín estaba "prohibido", había que estar bien "abrochado".
A la mañana cuando se levantaba la abuela, prendía el fuego…, prendía el candilcito…, ponía la pava y preparaba el mate. Cuando nos levantábamos todos, cada uno agarraba
un terrón de azúcar y nos pasábamos el mate.
La "vieja" Malsam era la partera. Pepe Agostinelli era el pocero de la Colonia. Cuando se rompía el molino, los abuelos me mandaban a buscarlo y yo contento iba en el carrito con los dos caballos, imaginando que manejaba un avión.
Había muchos chicos. Juntábamos los huesos de las patas de los caballos, los apilábamos y les tirábamos a ver quién volteaba más. Cada dos o tres domingos iba un cura; la misa se daba al lado de un molino. Con mi hermana Celestina íbamos a la escuela en un tobiano. Todos los días la abuela nos daba un "cacho" de pan para el recreo. Una vez, por el galope se me cayó y me di cuenta recién en la escuela. Cuando volvíamos, vi el "cacho" de pan picoteado por los pájaros… ¡me tiré del tobiano y me lo comí! El maestro era Bracamonte, y ahí si que tuve que aprender el "castilla". Me acuerdo que al principio decía cosas como "la cola mueve el perro"… y así empecé a hablar.
De vez en cuando iban los mercachifles. Vendían ropa, vino, cigarros, tabaco, caña, azúcar, yerba…, de todo un poco; y a su vez, si uno tenía un "cuerito" de zorro, de liebre o de zorrino, lo canjeaba por algo.
Recuerdo que los domingos, los Schaab venían a pié des-de el otro molino a la casa de los abuelos. Se juntaban a tomar mate y a comer girasol tostado. Los abuelos venían una vez por semana a Toay a vender crema, manteca, pollos y huevos; y llevaban la mercadería que hacía falta.
Ya siendo jovencito, cuando trabajaba de mensual, salíamos los días lunes a la madrugada a matar vizcachas; don-de nos "agarraba" el mediodía comíamos y donde nos "agarraba" la noche, dormíamos. Desatábamos los caballos, los maneábamos y nos hacíamos unos "churrasquitos"; después de comer, yo arrancaba los pastos puna, ponía el "colchoncito" de bolsa, la cobija y me acostaba a dormir; ¡pleno invierno! así que solamente me sacaba la gorra y las alpargatas. Así andábamos hasta el día sábado. En definitiva, era una vida dura, de trabajo…, ahí no había televisión, no había radio, ¡no había nada! Muchos dicen que ahora hay que pagar impuestos acá y allá, la luz, el gas, el teléfono. En la Colonia no había nada de eso; entonces lo que uno ganaba, no importaba cuanto, ¡era plata!, el sueldo se lo gastaba uno mismo.


¿Cómo era la cosecha?

A la mañana temprano se espigaba. La máquina espigadora
tenía seis caballos atados y los carros o "catres". El timón que daba la vuelta tenía una rueda grande que mediante una cadena hacía girar la cuchilla; de ahí todo iba al "catre" y el "pistín" que estaba adentro, que era yo, desparramaba todo. Cuando el "catre" se llenaba, el "pistín" salía y así se arrimaba el otro "catre" y el que ya estaba lleno iba a la parva. Mi tío Esteban era el "parvero". Así se hacían 50 o 60 hectáreas. Cuando ya estaban todas las parvas, venía la trilla para separar el grano. Se subían tres horquilleros a la parva, se arrimaba la trilladora con los caballos y la plataforma. Las horquillas las hacía el tío Sebastián con los listones de las bordelesas vacías, porque en tiempo de cosecha se tomaba mucho vino.
Los horquilleros iban tirando la paja y en la plataforma había otro que iba desparramando el grano; siempre con la máquina en marcha, que tiraba la paja para atrás. Después, para juntar la paja trillada, con un caballo se pasaba un tirante largo atado con alambre de las dos puntas, eso lo hacía el tío José. Cuando se formaba una parva, se volvía con el tirante para atrás y de vuelta lo traía para formar otra parva. La paja ya trillada se usaba para alimentar a los caballos.
A la mañana tempranito se tomaba el café con leche, manteca y crema al lado de la parva; al mediodía la señal para dejar de trabajar era una caña larga con una bolsa en la punta, como si fuese una bandera; a la tarde, se tomaba el mate cocido, y cuando bajaba el sol se dejaba de trabajar. Se cenaba y a dormir para seguir al otro día. La cosecha duraba más o menos desde mediados de noviembre hasta fin de año.
El cereal lo vendíamos en Toay, en el almacén de Fernández Gutiérrez. También llevábamos el cereal a Quehué, al almacén de Ríos. Se entregaban las bolsas a cambio de mercadería o se pagaba lo que se había sacado durante el año.

¿En qué año dejó de funcionar ese campo como Colonia?

En 1947 se vendió el campo a Souto, el actual dueño, y casi todos los colonos se vinieron para Toay y Santa Rosa.-

Gracias Vicente …







Vista panorámica de un sector de la colonia Ramón Quintas.







Escuela de la colonia.






Administración de la colonia.

 

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