Los
domingos era prácticamente una obligación
escuchar el relato de un partido de fútbol
en Buenos Aires. Las viejas radios eléctricas,
de lámparas, contribuían a tener un
motivo de entretenimiento. No había radio en
todas las casas, así que era habitual que integrantes
de familias vecinas se reunieran en casa de un propietario
del aparato con motivo de éstos acontecimientos.
En especial, si la fecha con-templaba un encuentro
clásico: Boca - River; Independiente - Racing
o San Lorenzo - Huracán, por ejemplo. Por aquellos
años, estos enfrentamientos deportivos entre
dos equipos se producían solo dos veces en
el año, pues había un solo campeonato.
Los pronósticos se iniciaban una semana antes,
y los comentarios podían prolongarse otro tanto.
Simpatizantes de cada equipo mantenían acaloradas
discusiones. Incluso, no faltaban quienes se hacían
apuestas mutuas: por el "cinzano", por una
asado y hasta por algunos "pesos"…
El lunes por la mañana, el colectivo a Santa
Rosa era escenario obligado de discusiones y "chanzas"
entre simpatizantes de los distintos clubes. Comenzaba
en el horario de las siete de la mañana, cuando
viajaban a la capital estudiantes y trabajadores.
1
La empresa "Burate" era la propietaria del
servicio de la línea Toay - Santa Rosa. El
servicio llegaba hasta la Escuela 62 (primero hasta
el viejo ex - hotel Prado, donde funcionara hasta
finalizar el año 50), y posteriormente hasta
su actual ubicación. Al llegar a la intersección
de Brown y Tucumán, donde se encuentra hoy
emplazado el barrio Fonavi, el ómnibus "cortaba
campo" por un angosto sendero ondulante, entre
olivillos y caldenes, hasta casi la es-quina de la
casa de Arroyat, donde doblaba para seguir nuevamente
por la calle una cuadra más, hasta la escuela.
2
Los colores de los dos coches de la empresa eran el
azul y el blanco. "Burate" eran las primeras
letras de los apellidos de los propietarios: Burgos
y Atencio. Recuerdo particularmente los dos coches
afectados al servicio, ambos de marca Ford. Uno de
ellos, con una capacidad de más o menos unas
treinta personas sentadas; el otro era un "ñato".
El "ñato" tenía butacas individuales,
de cuero verde oscuro; el otro poseía asientos
dobles. Ambos, además, tenían un pequeño
asiento individual al lado del conductor, para el
acompañante, de espaldar "doblable"
(se volcaba hacia delante). Este asiento era el más
disputado por ciertos pasa-jeros habituales, en especial
entre los estudiantes y trabajadores. Es que quien
allí se sentara, era el encargado de manipular
el sistema que abría y cerraba la puerta (la
única de ascenso y descenso).
Por aquellos tiempos, desde la casa de Mángano
(en la intersección de los bule-vares Regimiento
13 de Caballería y 9 de Julio), siempre circulaba
por la misma mano hasta la esquina de "La Casa
Nueva" (9 de Julio y Sáenz Peña).
Es decir que al ingresar a Toay, circulaba en contramano.
La otra arteria del bulevar 9 de Julio no era usada
casi por nadie, salvo algún carruaje o por
vehículos que debieran estacionarse en las
viviendas de ese lado de la avenida. El viaje, por
otra parte, entre la capital y mi pueblo, podía
llegar a durar entre 30 o 35 minutos, pues el desplazamiento
era lento y además, los accesos a ambas poblaciones
eran arenosos. Y cuando llovía, había
que tener cuidado con las lagunas que se formaban,
pues en algunos lugares resultaban bastante profundas.
Las "paradas" eran más o menos las
mismas de hoy en día. Pero había una
muy tradicional y conocida: "La Dorita".
Así era conocido ese apeadero, en 9 de Julio
e Italia. Hoy es el taller de Tamborini, pero si usted
se fija bien, verá que enfrente, en la otra
esquina, todavía existe una pequeña
verdulería que tiene sobre la puerta de acceso
un cartel con ese nombre: "La Dorita". Para
mí, esta es la verdulería más
antigua que existe en el pueblo. Y desde que tengo
memoria, "Agüerita" atiende el negocio.
Primero, junto a su padre, habiendo continuado solo
a su muerte en este ramo. Me pare-ce recordar a don
Agüera, algo "regordete" y de baja
estatura, con un sombrero negro puesto sobre su cabeza.-
1
- El horario de las siete de la mañana era
conocido como "el colectivo de los estudiantes".
En este se trasladaban todos los estudiantes de los
colegios secundarios de Santa Rosa.-
2 - Cuando los colectivos llegaban hasta la Escuela
62, mientras ésta funcionaba en el ex - hotel
de Prado, en la breve espera de algunos minutos antes
de iniciar el regreso, los muchachos de Tamborini
tenían que almorzar para regresar al colegio.
Estudiaban en "la Escuela Industrial" (hoy
Epet N°1) y concurrían en doble turno,
es decir, mañana y tarde.-