i
En el mes de Julio del corriente año, el Museo
Provincial de Artes - nuestro inquebrantable Museo
Verde - recibe ochenta y dos grabados de Francisco
de Goya y Lucientes.
Constituyen el conjunto completo de la serie denominada
Los desastres de la Guerra, confeccionados entre 1810
y 1815, y publicados hacia la década de 1863.
A través de Los desastres podemos sondear las
múltiples visiones y pensamientos de Goya en
relación a un fenómeno histórico
dramático e interesante: el avance de las tropas
napoleónicas en el interior de la península
Ibérica. Esta incursión político
- militar, visible con claridad hacia 1808, está
sumamente engarzada a los fenómenos revolucionarios
de Mayo de 1810 en el Río de La Plata.
Pero, el valor de las ochenta y dos estampas rebasa
su carácter documental. En todo caso, este
carácter va más allá de una invasión
particular, permitiéndonos abrevar un basto
enjambre de símbolos, cosmovisiones, pensamientos
y negaciones.
Concepciones del mundo, elucubraciones y alquimias
neuronales cercanas y distantes respecto de nuestro
mundo.
ii
Como es posible inferir, la temática central
de Los desastres es la guerra. Sin embargo, Goya es
múltiple. Su cuerno artístico reboza
de abundancia. Alegorías, imágenes e
interrogantes convierten a quien observa en parte
activa y fecunda de la explosión estética.
Para naufragar con éxito en algunas temáticas
acechadas por Goya es bueno incorporarse al siglo
XVIII. Por aquel entonces, la ilustración se
jactó de poder ver y vivir en el mar de oscurantismo
e irracionalidad propios al medioevo y buena parte
de la modernidad.
Búhos, murciélagos y gatos, entre otros
animales de hábitos nocturnos, fueron convertidos
en símbolos de una razón abridora de
senderos en medio de las noches más oscuras
y cerradas.
Ungidos en burlas y satirizaciones, este simbolismo
es retomado por Goya. Si la Revolución Francesa
fue el gran sueño de la razón ilustrada,
¿por qué no concebir a Napoleón,
junto a aquellos ilustrados justificadores de la aniquilación,
como monstruos salidos de un sueño desenfrenado
y cruel?
En Contra el bien general podemos ver un libro junto
a cierto sabio erudito dotado de alas de murciélago
en la cabeza. Garras felinas, dónde deberían
verse manos y pies, completa la obra.
En Gatesca pantomima un gigantesco gato posa cuan
rey sobre una pila de libros, mientras un monje entrega
reverencia y pleitesía. La imagen es coronada
por un ¿búho?, a tiempo que la expectante
multitud contempla el festín ilustrado.
A lo largo de las estampas percibimos, una y otra
vez, al artista desencantado de la Razón ilustrada
amante de crímenes, guillotinas y libros ostentadores
del saber. El libro, fundamental en el proyecto enciclopédico,
alberga escrituras de monstruos y sostiene fieras
posee-doras de visión nocturna.
iii
Después de vivir y comprender, más que
entender, algunas estampas de Goya, puedo percibir
la grandeza de otras cimas del poder cultural. Inevitable-mente
emerge la figura de Olga Orozco. Pocos, como ella,
asociaron el pensamiento - antes que la razón
- a la noche, sugiriéndonos vivir intensamente
las arenas y los bosques, portadores de tanta razón
y sabiduría. Sinapsis brillante, lejana del
mundo barroco y romántico, abridora de nuevos
llanos, sin jerarquías ni arrogancias.-