Cuando íbamos al cine, utilizábamos
además una honda diminuta. Con ella, disparábamos
durante la función, “bolitas” de
papel o granos de maíz, e inclusive alguna
“bolilla” de paraíso, verde aún,
sobre las cabezas de quienes se encontraban en las
butacas de las filas de adelante. No había
que abusar de estos “tiros”, pues corríamos
el riesgo de ser expulsados si el desorden provocado
resultaba mayúsculo.
A la salida, ya de noche, nos ocupábamos –
con las hondas de grueso calibre – de importunar
a algunos vecinos, haciendo blanco sobre techos, molinos
y también, en algunas ocasiones, en los vidrios
de las ventanas. Protegidos por la oscuridad y por
un alumbrado público escaso o nulo, emprendíamos
la veloz “huída”, cuando desde
el interior de alguna casa, el dueño aparecía
en la vereda, a los gritos, prometiendo “rompernos”
a patadas ciertos sectores de nuestra humanidad si
alcanzaba a echarnos las manos encima; como así
también nos “obsequiaba” con epítetos
irreproducibles, algunos muy comunes y otros de la
propia cosecha del autor; que dicho sea de paso, también
pasaban a engrosar nuestro vocabulario, que a su vez,
utilizábamos en las ocasiones apropiadas.
Las funciones de cine eran contadas. Solamente se
exhibían películas los fines de semana.
Los domingos, solían realizarse proyecciones
por la tarde, generalmente en invierno. El sábado,
la función era por la noche. El local pertenecía
a la Asociación Española (hoy club Guardia
del Monte), y por los años en que estoy basando
estos recuerdos, don Julio Diez era el “empresario”.
Don Julio era un español (“gallegos”
para nosotros, como todos los íberos) de fuerte
voz, gruesa nariz y cabellos blancos. Usaba anteojos
y nunca supe muy bien como hizo para aguantar tantos
años para administrar una sala de cine como
la que tenía a cargo. A ambos lados del “hall”
de entrada, la boletería y el “buffet”.
En este último, se vendían caramelos,
se vendían caramelos, pastillas, masitas, turrones,...
en fin, toda suerte de golosinas de aquella época.
Alguna bebida “blanca” para los mayores
y café en invierno. Para los menores, la única
bebida era la naranjina.
Creo que en algún momento – debe haber
sido el Instituto Nacional de Cinematografía
-, “apuró” a don Julio por la cuestión
de los impuestos... ¡Tendrían que haber
pagado sus servicios, no reclamar impuestos!..., pero
ya se sabe como son estas cosas..., no sé como
arregló el problema. Seguro que habrá
pagado el sagrado “diezmo”, porque hay
dos cosas seguras en este país: morirse y...
cumplir con el Estado en materia impositiva. En ninguno
de los dos casos el interesado puede pedir rendición
de cuentas.
La sala tenía piso de madera y unas butacas
duras, también de madera y armazón de
hierro. Si la película se cortaba – y
esto sucedía a menudo - , la “muchachada”
prorrumpía en estridentes silbidos, gritos
y zapateos contra el piso, en señal de desaprobación.
Entonces se encendían las luces, imponiendo
orden y silencio. Cuendo se solucionaba el desperfecto,
se reiniciaba la función. Previo a comenzar
la proyección y tras el intervalo a mitad de
la misma, un sonoro timbrazo anunciaba que el público
debía ir tomando ubicación dentro de
la sala.
Hasta el arribo del color y el “cinemascope”,
las películas, noticiosos y episodios eran
exhibidos en blanco y negro. La pared del fondo tenía
un cuadrado pintado de blanco donde se proyectaba
la película.
A los costados de la sala, existían grandes
puertas y ventanas. En verano – por supuesto
que de noche - , era común que estas se abrieran
un poco, a fin de permitir que entrara un poco de
aire fresco y el público no se ahogara de calor.
Los episodios eran algo así como las “miniseries”
de hoy día: había que seguirla a la
semana siguiente para no perder la trama. El capítulo
quedaba invariablemente suspendido cuando “el
muchachito” estaba a punto de perder la vida.
El suspenso se prolongaba una semana, y el comentario
era “arriesgar” la opinión sobre
como el héroe salvaría su pellejo. Si
la memoria no me falla, algunos famosos de estos “episodios”
fueron “La Araña”, “Fu –
Man –Chú” y “La mano que
aprieta”. Demás está decir que
el “episodio” aseguraba la “taquilla”
de la semana siguiente.