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Toay- septiembre - octubre -2008


Con sabor a nostalgia Por Buby García Córdoba

 

     La abuela María se levantaba muy temprano. Luego de las mínimas y primarias tareas de la casa era frecuente verla, invierno y verano, andar por el huerto, punteando la tierra, sembrando o cosechando algunas ver-duras o algún fruto. Tejía, cocinaba, "tiraba" agua del pozo, hachaba leña… y colaboraba con mi madre para criar y cuidar a "los diablos" que tenía por nietos: mi hermano y yo. ¡Esa sí que era tarea pesada! Nos protegía mucho, ocultando siempre alguna de nuestras travesuras.
     Para las fiestas, ya sea para navidad o año nuevo, todos sus hijos y nietos se reunían en una o en otra oportunidad junto a ella. Todos, a excepción de mi tío Tito, vivían en Santa Rosa; y era habitual que la visitaran los domingos.
     Mientras los mayores conversaban sus temas preferidos, los primos mostrábamos nuestra destreza de jinetes sobre caballos que eran palos de escoba, correteábamos por la quinta, nos trepábamos a las plantas, jugábamos a la pelota, a los pistoleros, a la mancha o a las escondidas. O bien nos encaramábamos al camión de mi tío Mario, transportando con nuestra fantasía toneladas de materiales y arena, que hubieran sido suficientes para construir toda una ciudad.
     En tanto mi tío Mario llegaba en su camión, mis otros tíos Isabel, Felisa y Antonio utilizaban el colectivo. Nosotros sabíamos esperar sus arribos "haciendo vista" desde la calle, pues sus visitas significaban la llegada de los primos y primas con quienes jugábamos toda la tarde o todo el día.
    El 5 de enero era un día de nervios; y la llegada de la noche abría una temida esperanza. Es que a esa hora, los reyes magos ya venían en viaje… y esperábamos que en sus bolsas de juguetes se encontraran los que habíamos solicitado. Y por escrito, con firma; y con disculpas, por las dudas se fueran a molestar. Antes de acostarnos, poníamos nuestro mejor calzado sobre un banco en el corredor abierto de la casa de los abuelos. Parecían bocas abiertas, implorantes… En ellos depositábamos todas nuestras ilusiones. Sobre ellos esperábamos encontrar al día siguiente, por la mañana muy temprano, el juguete requerido. En la vereda, además, dejábamos yuyos y agua para los camellos… 
     Los reyes, a nosotros, nunca nos dejaron sin nada. No todos nuestros amigos tenían esa suerte. O mejor dicho, no todos los padres podían comprar juguetes para sus hijos. Siempre hubo caritas tristes el día de reyes. Siempre ha habido una lágrima empañando la mejilla de un niño el día de reyes. ¿Habrá alguna vez, siquiera un día de reyes, sin el llanto de un solo niño en este bendito suelo argentino? ¿En este despiadado y conflictivo mundo?
     Se me ocurre pensar que existe una diferencia entre la concepción de reyes que teníamos de niños, y la del niño de hoy. En nuestra infancia, la ilusión de los reyes magos se prolongaba algunos años más. Hoy, me parece, los niños "despiertan" mucho antes. No es cuestión de entrar en una discusión filosófica, psicológica o pedagógica sobre el tema; aspectos sobre los cuales, por otra parte, debo confesar no tengo la más mínima idea. Hoy esa ilusión se rompe -o se destruye, qué sé yo-, demasiado pronto para mi gusto. El descubrir, en su momento, que los reyes no existían, no fue una circunstancia traumática ni violenta. El sueño se fue diluyendo de a poco; y por ello fue dándonos, paulatinamente, la noción que crecíamos; que todo respondía a un proceso evolutivo (sin entrar a considerar si para mejor o para peor). Quizás por eso debamos coincidir con Jorge Manrique: que la vida es un sueño… "y los sueños, sueños son". Es que vivimos y necesitamos vivir con la ilusión de algo. Fantasía o no, si no nos alienta esa ilusión o la fe en alguien o en algo, poco o nada valdría vivir ¿verdad? Cuando un sueño se destruye, otro debe ocupar su lugar. En el fondo de nuestro escepticismo, algo nos debe alentar. Hasta el mismo escepticismo, en si mismo, es la resultante de creer en algo. Aunque solo sea creer que en nada se puede creer.-






















 

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