
Como tantas mañanas, o tardes, o noches, voy caminando tus calles. Tu espacio monótono y tan terriblemente sorprendente a la vez.
¿Qué significa que algo cambie? ¿Y qué significa realmente que algo cambie en este aquí, y en este ahora? Qué es esto de estar deteniéndose en cada detalle estúpido; esto de estar mirando como las cosas pasan, y se desvanecen, y resurgen… ¡tan fluida es toda esta monotonía!
Balcarce y Bulevar Brown. La brisa seca, la arena, los árboles, el saludo matutino. Doblo hacia la derecha para cruzar por “el sendero de los fresnos” y tomar 25 de Mayo. Un mensaje de texto llega a mi celular. No le di importancia, iba a contestar pero desistí; y cuando levanté la vista quedé estupefacto ante aquella imagen que instintivamente me resultó irreal.
Después de algunos segundos frenéticos, devorado el instinto por esa realidad diferente caigo en la cuenta que la gran figura está allí; se recorta nítidamente en el cielo extenso, a dos cuadras de distancia, frente al Chaparral: una estructura monumental y desproporcionadamente inmensa se me apareció de golpe en la esquina de todos los días de la infancia.
Me transporto al pasado, a una tarde de verano después de un aguacero de aquellos. Vamos corriendo enérgicamente entre los charcos con Claudia y Santiago para llegar a la “pata” más cercana del arco iris pero nunca llegamos, aunque el entorno chato nos hace creer que estamos cada vez más cerca.
Me senté un rato en el borde del cantero. Era una mañana de sol radiante, “linda para trabajar” me dije cuando distinguí allá arriba a los minúsculos hombrecitos. Comencé a buscar alrededor las cosas de siempre, en un intento inútil por evadir visualmente el sector extraño del paisaje: no soporté más de medio minuto. Me paré y me dispuse a caminar; a medida que avanzaba más fijaba mi atención en esa especie de mojón gigantesco, y cuanto más me acercaba más pequeño parecía todo lo demás.
Llego. Veo el caldencito y recuerdo los viejos olmos que tapizaban el fondo del patio de mi casa de tan grandes que eran; estaban casi allí mismo, alineados sobre calle Saavedra. Traté de imaginar en el espacio la altura máxima a la que llegamos a subir… ¡Sí que eran altos los olmos!, el Tato se jactaba de haber podido tocar un cable con la punta de los dedos cuando hacia arriba todavía restaban incontables metros de ramaje inaccesible; y no sé qué amigo de esos años se refirió a la pared vegetal como “el cementerio de barriletes”, porque eran muchos los que quedaban colgando de las enormes copas; de formas, colores y materiales diversos, tanto de fabricación casera como comprados en el kiosco; y si bien estos últimos eran menos usuales, salpicaban con su brillo el fondo de ramas, hojas y destellos de sol.
El viento se arremolina inesperadamente barriendo una vez más mis barriletes. Me detengo en las imágenes remotas de los hombrecitos, que siguen allá arriba en el cielo pleno de luz, y me veo a mí mismo entre el follaje, aterrado por el crujido bajo mis pies.
Camino. Observo. Rodeo la estructura, me alejo, vuelvo y paso por debajo tratando de encontrar un ángulo en el que la des-proporción no sea tan agobiante para mis sentidos. No lo consigo.
Comienzo a irme, pero después de algunos pasos inevitablemente vuelvo la vista empecinado en el mismo objetivo. Ya no me sorprendo. Miro fugazmente la torre desde su vértice hasta la base y sigo caminando, me sigo yendo: desde ahora seguirá siendo la esquina de todos los días de otras muchas infancias.-