El universo humano se caracteriza por la existencia de ideales competitivos, en ningún momento de la historia hay un único ideal. Incluso los ideales que más nos conmueven solo se manifiestan en todo tiempo gracias a la lucha con otros ideales, que para otros son tan sagrados como los nuestros para nosotros.
Estos ideales u opiniones nos llevan a tomar decisiones frente a los acontecimientos que se nos manifiestan; las cuales no nos traerían mayor problema cuando quien decide es uno mismo sobre asuntos que involucran su propio interés. Decisiones que van determinando la propia filosofía de vida.
Pero qué ocurre con el proceder político, cuando el efecto de sus acciones y decisiones repercuten en miles de personas. Recuerdo un artículo que leí hace un tiempo; ocurrió en Sudáfrica hace varios años, donde aún regía el apartheid -política de separación entre blancos y negros-. Allí el gobierno, compuesto exclusivamente por blancos, organizó una campaña con el objeto de evitar que el crecimiento demográfico continuara en aumento, ya que de lo contrario, a los blancos se les iba a volver cada vez más complejo el sojuzgamiento de los negros. Entonces planificaron una serie de publicidades en donde se exponían las ventajas de tener pocos hijos. La publicidad -gráfica- estaba dividida en dos partes: a la izquierda, aparecía una pareja de blancos, con dos hijos rubios. Todos ellos estaban muy bien vestidos y sus gestos revelaban bienestar. El fondo era una hermosísima casa, rodeada de flores. A la derecha, aparecía una pareja de negros, con la ropa rota, mal alimentados, con pocos dientes y circundados por hijos de todas las edades y tamaños. Los gestos revelaban angustia. El fondo era una tapera. El gobierno conjeturaba que los negros -a quienes estaba dirigida la publicidad- iban a interpretarla de la siguiente manera: "hay que tener pocos hijos, como los blancos; así lograremos un bienestar económico, tendremos una hermosa casa, buena ropa y seremos felices. No como ahora".
La publicidad no funcionó en absoluto. La "lectura" de los negros fue: "pobres blancos: tienen dinero, buena ropa, casas lujosas y apenas pueden tener dos hijos".
Claro está que las consecuencias efectivas de la acción de los dirigentes pueden ser a menudo muy diferentes de las intenciones que tenían al realizarlas, y a veces incluso completamente contrarias a tales intenciones.
Si una acción bien intencionada (que no es el caso del ejemplo anterior) tiene malas consecuencias -y pensando en el último gran conflicto socioeconómico en nuestro país- el primer paso sería reconocer que la responsabilidad del mal está en la actividad política de los gobernantes y no en la prensa opositora o la voluntad divina que hizo las cosas así. Nos haría muy bien que el agente político rija sus acciones no solo por la integridad de su motivación, sino más bien por el cálculo racional de las probables consecuencias de su proceder en relación con los fines que desea alcanzar.
Y esto ya sería un buen comienzo.-