Mi patria está en tus ojos yo camino por ellos. Y ellos dan luz al mundo por donde yo camino.
Pablo Neruda
Desde que Rodrigo de Triana gritó "tierra", conquistadores, nativos, inmigrantes y otras yerbas se han ido mezclando como colores en la paleta de un pintor hasta plasmar una tela americana donde lo menos común es lo uniforme. Antes, las naciones nativas habían hecho lo propio: imperios como el Maya, el Inca o el Azteca dominaban vastas regiones y sometían a los pueblos vecinos a su influencia. Algunos historiadores afirman que la penetración mapuche en la Argentina data de tiempos prehispánicos.
En los orígenes de Toay, a los ranqueles que volvieron después de la conquista del desierto, se agregaron pobladores criollos, turcos, españoles, etc. Dando un gran salto en el tiempo, hoy esta ciudad sigue sumando en forma constante personas que vienen de otras provincias y países. Por eso, resulta un poco extraño escuchar decir a los nacidos y criados: "Este no es de Toay"… Cada vez que escucho eso, me pregunto: ¿y eso qué importancia tiene?
En simultáneo, vemos en los medios nacionales y en las calles del pueblo la aparición de tribus urbanas. Los más jóvenes eligen un grupo de pertenencia y adoptan un estilo que les permite identificarse fácilmente. Así como a partir de fines de los '60 aparecían en algunas ciudades argentinas los hippies y luego los stones, los punk, los dark, etc., para expresar una postura frente al mundo, hoy en día, los rolingas, los emos, los floggers, o los cumbieros se agrupan en torno a conductas, como llevar sus emociones a flor de piel, tener un photo log o ser adictos a un género musical.
Sea de modo voluntario o no, todos podemos ser clasificados según etnias, sec-tores sociales, políticos, o culturales, religiones, profesiones, etc. Pero más allá de nuestras diferencias o de nuestra necesidad de pertenencia a un grupo, hay una categoría que nos abarca a todos: la de seres humanos. Y en la maravilla de la diversidad está nuestra mayor riqueza, porque nos da la posibilidad de hacer contacto y aprender algo del otro.
Personalmente, adhiero a la idea de que la única condición que realmente hace la diferencia entre las personas es la bondad. No importa de dónde vengan, cuánto tengan o cómo se vistan. Lo que importa, lo que deja huella en los demás, es lo que llevan en el corazón.
Porque, parafraseando a John Winston Lennon: imagino un mundo sin fronteras y a toda la gente viviendo en paz. Puedo ser una soñadora, pero definitivamente no soy la única.-