"No puedo decirme y sentirme libre más que en presencia y ante otros hombres" (2)
El ser humano no ha podido sustraerse a la vida en sociedad o, al menos, al necesario intercambio con otros semejantes.
Hasta los ascetas y anacoretas más acérrimos han necesitado transmitir sus vivencias y experiencias a otros hombres, para constituir como valiosas y legítimas las revelaciones experienciadas.
El ser humano se ha expresado a través de infinidad de proyecciones que, además de reflejar algo de sí mismo, han tenido la inevitable consecuencia y el inefable poder de despertar esta suerte de identificación al rasgo o al modelo o lo que llamamos metafóricamente el espejo.
Nadie puede acceder a su propia imagen sino a través del espejo.
Pero, ¿qué es el espejo?
Por empezar, no deja de ser algo externo a nosotros, algo que nos viene y nos es dado por el juego de |interacción con el entorno. Juego sustentado en la necesidad debido nuestro estado de de prematurez, impotencia y dependencia inicial para autoabastecernos.
Entonces, en primer lugar, podríamos decir que nuestra imagen no es propia, sino que debemos apropiamos de ella, transformarla en propia.
El proceso de esta apropiación es más que complejo, ya que no estamos ante un fenómeno de reconocimiento sino de descubrimiento. Esa primera percepción no puede ser de reconocimiento ya que no hay algo conocido previamente, carecemos de todo registro de auto percepción conceptual, sólo un registro sensoriomotor que va otorgándonos una conexión parcial con nuestras sensaciones yemociones precarias, que aprendemos a nombrar según los códigos simbólicos de la cultura que nos atraviesa, en la que estamos inmersos y que nos refiere.
De este modo la gestalt (forma) imaginaria (de la imagen) nos da sensación de unicidad e individualidad (lo indiviso, lo entero).
Pero el espejo no nos abandona nunca.
Aquello comienza siendo un fenómeno de júbilo en los primeros pasos de la constitución de la imagen 'propia', perdura y se complejiza en las relaciones con nuestros semejantes. Es desde allí que nos relacionamos con la crédula sensación de que somos nosotros mismos con respecto a otros diferentes de nosotros.
La mirada que nos marca, que nos va mandando quiénes somos y de qué textura estamos hechos, se va complejizando en la intrincada interacción social donde los espejos se multiplican geométricamente y en avalancha.
Uno es en lo social, muchos y ninguno.
Los paradigmas culturales, los tabúes, los totems, el fanatismo, las modas, la moral reinante, el contexto sociopolítico y la FES (formación económico-social) dominante, la fabricación de ídolos, la publicidad, y otros tantos emergentes de significación cultural simbólica, van tramando y entretejiendo la semántica de la imagen que iremos descubriendo y retraduciendo a los esquemas de los que disponemos a tales efectos. Proceso complicado, ¿no?
En líneas generales podemos decir que lo que vemos y constituimos no es del orden objetivo, sino subjetivo. Si intentásemos situar aquí sujeto y objeto, nos hallaríamos inevitablemente en una suerte de laberinto paradójico que infinidad de escuelas filosóficas, políticas y sociológicas han planteado y lo siguen haciendo sin hallar fin al debate.
Confundir el sujeto con lo activo y protagónico respecto a un objeto pasivo e inalterable, sería negar en su más amplio sentido la praxis (acción transformadora).
El sujeto está sujeto, lo está en función del objeto que lo significa como tal, lo objetiva.
Lo objetivo y lo subjetivo se significan recíprocamente en un telar cuya urdimbre se trama en el juego de espejos, a imagen de la superestructura dominante del contexto que, a su vez genera el texto a descifrar y acatar como mandato (o transgredir).
El ejercicio que nos depara construir la vida de relación y la búsqueda de identidad singular en un medio plagado de mandatos, modelos, parámetros referenciales y moral instituida, es la tarea que nos convoca desde que advenimos al mundo insertos en diversas formas institucionales.
He aquí el concepto de institución, debatido demagógicamente en las últimas décadas alternando entre lo instituido y lo instituyente.
Lo instituido, o sea lo acatable o transgredible.
Lo instituyente, un concepto virtual inaplicable en un contexto sociopolítico que desoye compulsivamente la expresión humana: ser humano, ciudadano, habitante, contribuyente, delincuente, trabajador, responsable, libre, preso, obsecuente, creativo, piquetero, exitoso, drogadicto, traficante, marginal, oficial, periférico, insider, outsider, legal, clandestino, dirigente, desaparecido, dependiente, poderoso, on line, subversivo, gay, porteño, cordobés, loco, sano, ser humano, todos hijos del mismo poder que nos parió.
El juego del espejo, la magia sensorial de la mirada, la imagen de uno mismo investida por la carga del otro, que nos aprueba y nos quiere, que nos desaprueba y nos hiere; otro a su vez bienamado, malquerido, malherido por otro en un espejo múltiple cuya imagen se entrechoca y se entremezcla a su vez con las diversas imágenes constituidas por todos sus otros.
Se habla de identidad (lo idéntico), de lo diferente, los inadaptados, lo periférico, lo marginado prostituido, lo adicto, ¿a qué?, ¿con respecto a qué?, ¿de qué lado?, ¿sobre qué?
Sólo el eje panóptico y soberbio del poder marca la contundencia de ese límite, esa ley tan arbitraria como virtual y perversa, y al decir el poder uno piensa inmediatamente en el poder político-económico, pero el poder se ampara en una macroestructura cultural e histórica comparable a un tablero de ajedrez donde cada pieza sólo puede cumplir el rol y la función limitada, coaccionada por reglas que superan la creatividad y donde el sentido se centra en poner en jaque al otro. El juego del poder consiste en jaquear y si no es suficiente, mate.
Y sin desviarnos delo lúdico, César Luis Menotti, DT del Mundial 78, dijo: 'para poder entrar, hay que saber salir'. Ese es el sentido del espacio lúdico.
Para poder soportar el espejo, hay que poder posar delante de él sin correr el riesgo de apropiarse de la virtualidad ficcional (imaginaria), desde la certeza sin escapatoria.
El espejo sólo nos devuelve imagen, nunca la realidad. La topología de los espejismos se basa en la necesidad creada y facilitada por el contexto. ¿Quién no desea ver en medio del desierto un lago con frutas jugosas?
Es imposible que eso ocurra, las condiciones climáticas impiden que eso ocurra, es sólo el deseo y la adversidad lo que promueve la fabricación de la imagen.
Entonces, trayendo esta metáfora al terreno de lo abordable, se me ocurre: en tanto nos miremos a través del espejo que el Poder nos habilita en los modelos prefabricados, virtuales, ficticios, mentirosos, programados, diseñados, digitados, estaremos impedidos de ir por detrás de los espejos, que es donde sucede la realidad.
Detrás del espejo no es al margen ni a escondidas, es poder salir de donde nos han mandado para ser aceptados y aprobados.
'Sería fantástico, sería todo un detalle, todo un gesto por tu parte, que coincidiésemos y te dejases convencer y fueses como yo siempre te imaginé'. (2)
1 - Bakunin, Mijail; Dios y el estado.
2 - Joan Manuel Serrat. Sería fantástico.