
Con el aporte de la corriente inmigratoria venida desde el otro lado del mundo, los pequeños asentamientos poblacionales del interior del país fueron adquiriendo la identidad de pueblos. Tal el caso de Toay, sin duda un buen lugar para el desembarco de viajeros ilusionados, si contabilizamos la cantidad de extranjeros que se afincaron en la zona desde los principios del siglo XX.
Me resisto a la calificación de extranjeros, un sustantivo desagradable, porque creo que ninguno de ellos asumía este carácter. La tierra adoptiva les había adjudicado un patronímico afectivo, antepuesto al apellido como un título nobiliario, llamándoles gallegos a todos los españoles, gringos a todos los tanos, rusos a todos los rubios y grandotes, y turcos a todos los que pronunciaban las palabras con muchas bes y tenían “tenda”, con la gloriosa excepción de don Julio Jamad, que tenía panadería.
Tuvimos la suerte de nacer en esta colorida mezcla fundacional, integrando una nueva generación a la manera de una respuesta de las pampas a la aventura del desembarco. Así considerados, resultábamos un poco todos hijos de todos y también así fuimos receptores de una cálida corriente de afectos, acaso desprendida de los amores sin destino que habían viajado junto a las pobres alforjas de inmigrantes.
Una de las agrupaciones étnicas más nutridas era la de los gallegos. Mis primeros recuerdos se han fijado en algunas curiosas reuniones habidas en mi casa, a las que acudían prominentes señores “venidos desde Trenque Lauquen” mezclados con los locales, que abrían la puerta con el brazo en alto a la voz de ¡Viva Franco! Vaya iniciación política para un menor, pienso ahora, pero era una realidad por aquellos días.
Estos personajes eran miembros de una asociación de “Legionarios Civiles de Franco”, entidad que reunía esfuerzos para enviar alimentos, ropa y algún dinero a la Cruz Roja, con destino al pueblo español en plena guerra civil. Entre otras cosas organizaban lo que ellos llamaban el “plato único”, para destacar así el carácter frugal de una reunión con fines humanitarios. Pero a contrapelo del propósito, la dispendiosa abundancia de las pampas criollas transformaba el ascetismo programado, en un pantagruélico asado dominguero en el Prado Español.
Es dable acotar que una vez finalizada la guerra española y en disidencia con algunas actitudes del caudillo, los legionarios dieron por cumplida su misión y pidieron el retiro, enviando a los roperos las gorras vascas y las camisas azules con el escudo falangista, elementos que los habían uniformado durante la campaña de solidaridad.
La Sociedad Española de Socorros Mutuos de Toay era propietaria, junto al Prado Español, de un importante local para reuniones que se transformaba en sala cinematográfica, en la que muchos nos iniciamos como espectadores con las rosadas aventuras de la pantalla de entonces.
El encargado de la sede social, a la vez gerente, manager de publicidad y marketing, boletero, concesionario del buffet froid y vendedor de chocolatines en los entreactos, era un gallego de pequeño porte apodado Miguelín. Este singular personaje vivía en una casilla ubicada detrás del local principal de la entidad y cultivaba con dedicación de artesano una huerta de lechugas, cebollines, porotos y repollos mientras defendía de intrusos, a capa y espada, el acceso a las instalaciones. Cuando estaba de buen talante, me permitía cortar pasto tierno e hinojo para mis conejos y hasta me ayudaba en la recolección, posiblemente para cuidar a sus amados ejemplares hortícolas de algún pisotón de chico inexperto.
El encargado de proyectar las películas en el cine era el Sr. Pedro Tamborini, a quien apodaban Pedrucho, una bella persona que era el artífice de cuanto significara electricidad en el pueblo. Su actividad principal era la de encargado de la usina local, la que generaba energía eléctrica con unos enormes y resoplantes motores siempre impregnados en aceite, formando con el galpón que los alojaba una masa os-cura de piso a techo.
Los gallegos deambulaban por el ámbito pueblerino ejerciendo toda suerte de actividades. Recuero con todo mi afecto a don Indalecio González y a su hijo Lucas, de quienes he recibido muestras inestimables de una ternura inédita para mis pocos años de entonces. Don Indalecio era albañil, al igual que su hijo, y en unión con mi padre eran capaces de planificar y ejecutar impactantes obras de ingeniería. Así construyeron en mi casa una muy prolija red de desagües pluviales mediante una estudiada canaleta, cuyo colector era una pileta bastante profunda y muy bien terminada que ocupaba un lugar destacado en el jardín delantero. No puedo determinar, aun hoy, el objeto de esta obra hidráulica pero recuerdo que después de las siestas de verano, la familia tomaba mate utilizando el borde de la pileta como asiento mientras adentro, los sapos ensayaban inútiles piruetas para zafar de aquella mazmorra infernal.
Asimismo y con el objeto de fabricar vino casero, la misma consultora “ingenieril” proyectó y construyó otra pileta, en este caso elevada sobre el nivel del suelo, detrás de la casa. Consumada la vendimia en las cepas propias y elegidas al efecto, vaya a saber por qué malhadada disfunción de la cosa, la pileta se negaba al vino y producía en cambio una considerable cantidad de vinagre de mediana calidad, para desazón de aquellos enólogos frustrados que veían esfumar, cosecha tras cosecha, el anhelo de dar a luz un vino que fuera émulo de los famosos elixires etílicos de la patria lejana.
Los gallegos más pudientes ejercían el comercio, una actividad floreciente por aquellos años felices, cuando solamente algún curioso conocía los dólares, la inflación no se había inventado y la estabilidad era algo que podía perderse mezclando tinto y blanco. En las esquinas de la city toayense se ubicaban apellidos de indiscutida raigambre hispana. Los Gutiérrez, Pérez, Fernández, de Paz, Martínez y González entre otros, encabezaban firmas comerciales dedicadas a los ramos generales y frutos del país y haciendas, negocios en los que se podía adquirir artículos al contado, con libreta y hasta de palabra según el caso y el cliente. El acento inconfundible y el humor característico de la “raza”, aguardaban detrás de los mostradores altos y desgastados por el uso, con un fondo de estanterías hasta los techos, exhibiendo la más variada gama de mercaderías. En las trastiendas, los tenedores de libros con sus mangas negras de lustrina y agachados sobre descomunales mayores diarios, estampaban los asientos contables con las famosas letras cursivas inglesas, cuyos perfiles resistieron hasta la llegada del embate cibernético.
Por ahí andan representantes de la madre patria ocupados en otras cuestiones: don Manuel Fernández Lorences era sodero, don Manuel Fernández Alonso era lechero y don Manuel Fernández Díaz era ganadero, y de a ratos, ingeniero hidráulico. Cuentan que una vez, estos homónimos decidieron aplicarse el segundo apellido para ahorrarle adivinanzas al cartero en el reparto de la correspondencia.
El cartero de Toay, a propósito del caso, era por aquel entonces el Sr. Antoci, fundador de una dinastía distribuyendo cartas y encomiendas a bordo de un sulky tirado por un hermoso caballo blanco. Durante el verano recorría el pueblo en plena siesta y con un acertado criterio, solía agregara su cometido oficial la venta de helados posiblemente para que alguna novia olvidada por las epístolas, tuviera a mano la alternativa de enfriar la bronca con un inocente helado de diez centavos.
Por aquello de que “lo que no se da, se pierde”, hago a un lado el pudor para dar lugar a una historia personal que dibuja en alguna forma el relieve un tanto exuberante de nuestros gallegos ancestrales. Muchos bebés de mi generación llegamos a Toay de la mano de un ángel que se llamó doña Eugenia Besoin, para quien los recién venidos podían ser nenas o nenes pero todos bonitos sin ninguna duda. Un buen día y según era su costumbre doña Eugenia anunció a sus vecinos que en casa de Manuel ha venido un neno muy bonito”. A raíz de esto, quiero pensar que don Manuel partió alegremente hacia el Juzgado de Paz arrastrando de paso y como testigos del evento, a dos caracterizados hispanos de su amistad. Parece ser que en este triunvirato de gallegos se agitaron algunos aletargados aires monárquicos y cada uno a su tiempo, nominó a un rey de la heráldica perdida en el concurso de apelativos, despreciando olímpicamente el derecho a réplica del afectado.
Don Manuel, haciendo gala de exquisito culto a la amistad y de un fino manejo de las relaciones públicas ordenó al juez, tal vez desconcertado pero al fin en la misma onda, que etiquetara con los tres nombres propuestos y aplicados en cadena, al nuevo habitante de Toay.
A lo largo de la vida y en cada siempre obligada ocasión, ante la tímida exposición de mi documento de identidad, me ha sido posible observar gestos de asombro, compasión, lástima, comprensión, o bien solidaridad del tipo “¡quelevasé!”; he escuchado comentarios por los bajo, por lo alto, risas, risotadas y hasta algún “olé” irrespetuoso aunque adecuado, porque convengamos que Rodrigo León Pelayo está para cualquier cosa.
No cabe duda que aquellos gallegos queridos confiaron sus enseñanzas de vida a la sonrisa, un arma indispensable para luchar por la existencia. Vivieron a su manera, adelantados al sol trabajaron muy duro para que sus hijos encontraran a sus amados árboles adheridos para siempre a la tierra, la misma tierra que los recibiría en el último acto tras disputar sus vidas con la otra tierra que había quedado detrás del mar; la que alguna vez los viera echar a la espalda una alforja de inmigrante pobre cargada de ilusiones, acaso con mucha, muchísima tristeza.-