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Toay- Mayo -2008




Con sabor a nostalgia por "Buby" García Córdoba

 

La bolita tenía su temporada. La troya, el hoyito y la quema eran las especialidades. La más aceptada y difundida, era la primera de las nombradas; hacíamos un triángulo en el suelo, donde colocábamos determinada cantidad de bolitas por jugador: era, en cierto sentido, la apuesta. Quien se aproximara más a la troya (a esta acción se la denominaba "arrime"), comenzaba primero a golpear la bolita, bolón o acero contrario (esto se llamaba "quemar"), y tras ello comenzaba a tirar sobre la troya. Las bolitas que lograra sacar del triángulo, pasaban automáticamente a su poder. Así, hasta terminar la cantidad que hubiera, uno por turno, para volver a comenzar luego.
Contar con alguna bolita de vidrio era casi un lujo. A éstas las conocíamos como "ojitos". Las más comunes eran las "carrascas"; estaban hechas de una mezcla que supongo era cal, arena y una pizca de cemento; se recubrían con pintura de colores por fuera, el color más difundido era el amarillo, pero también venían algunas en azul, verde y rojo. Se rompían con cierta facilidad; cuando tenían algún tipo de avería, ya fueran las carrascas o los ojitos, decíamos que estaban "cascadas", "cachadas" o "cachuzas".
Generalmente contábamos con algún acero que obteníamos de bolilleros rotos de autos o camiones. Nunca faltaba quien nos proveyera de alguno.
Detrás de la bolita existía una suerte de comercio. Cambiábamos tantas carrascas por tantos ojitos (siempre más de aquéllas por menos de éstas), o un acero por una determinada cantidad de bolitas; de acuerdo a las necesidades el monto era mayor o menor, cada uno intentaba sacar partido del negocio. Otras veces, en vez de trueque se usaba algún dinero: alguna moneda que nos pudiera molestar en el bolsillo, producto de un singular hallazgo o de alguna propina.
Otro de los juegos que tenía su temporada era el de la "Starosta" (o "tarosta", como se decía más vulgar y simplemente). Se adquirían en alguna librería, la de Varela o La Ideal de Chabela Martínez, y venían envasadas en pequeños sobres en cuyo interior se encontraban unas cinco o seis "figuritas", que era el otro nombre que le dábamos a la tarosta. Eran redondas, de cartón fuerte y fino. En una de sus caras traían impresos en colores jugadores del fútbol profesional, pilotos de automóviles, escudos de los clubes, estrellas de cine, boxeadores y otras figuras del deporte y de actividades que gozaran de la preferencia popular.
Las especialidades de este juego eran "la tapadita" y "el espejito". En la primera, se arrojaban las figuritas contra una pared hasta que alguna tapaba a otra, aunque más no fuera en un pequeñísimo ángulo. Quien esto lograba, ganaba todas las figuritas que se habían arrojado hasta ese momento. En tanto, el espejito consistía en colocar una figurita contra la pared, de plano, y disparábamos sobre ella con las restantes, uno por vez. Quien lograba derribarla, se llevaba también las ya jugadas; la distancia a la que nos colocábamos era de dos o tres metros más o menos. Había quienes tenían la rara habilidad de colocarlas entre la cara interna del índice y la exterior del pulgar, logrando excelente dirección y puntería; el planeo que aquel disco de cartón desarrollaba en su corto vuelo era un espectáculo complementario del juego; cuando se alcanzaba cierta destreza, no siempre se encontraban rivales cuando se desafiaba a otro para un partido.
Las chapitas eran otro entretenimiento similar al de las figuritas, pero más barato. Juntábamos las tapas de gaseosa o cerveza, las colocábamos sobre un yunque o un piso duro y con un martillo las aplanábamos, sacando el trozo de corcho que tenían en el centro.
En cualquiera de los juegos, ya fueran las bolitas, la honda, las chapitas o la tarosta, los que sufrían eran los bolsillos de nuestros pantalones. Estos eran la caja fuerte durante todo el día. Siempre se encontraban abultados, circunstancia ésta que no nos importaba, por supuesto.
No era de extrañar que en todas nuestras actividades, tanto de entretenimientos como deportivas, surgieran diferencias. Éstas se allanaban, previa discusión, con un intercambio de golpes o cuanto menos, con algunos empujones y desafíos. El retiro de embajadores que este desenlace traía aparejado, no duraba mucho tiempo: un par de horas, y si era muy grande el resentimiento, no más de un par de días. La reconciliación volvía pronto. Es que los grupos eran pequeños y todos teníamos necesidad de los demás para poder jugar.
Como complemento de nuestras diversiones, ocasionalmente aparecía por el pueblo algún parque. Se instalaban en la esquina que hoy ocupa el parque infantil (9 de Julio y España). Con unas monedas en los bolsillos, algunas tardes nos era permitido concurrir. Unas vueltas en la cale-sita o en las hamacas voladoras, o en algunos de esos juegos de habilidad buscando obtener un premio que nunca podíamos ganar, nos daba la oportunidad de encontrar una variante a nuestras "ocupaciones" de todos los días.
En verano, tomar un helado formaba parte de nuestra mejor fantasía... y de nuestra mejor realidad
Si bien es cierto que nuestros padres no gozaban de una situación económica inmejorable, no nos faltaban algunos juguetes, o de vez en cuando, alguna moneda para gustar un helado. Claro que esto no sucedía todos los días. A veces ni siquiera un vez por semana, pero era un lujo que cada tanto nos podíamos dar.
En horas de la siesta, solía recorrer en una bicicleta triciclo especialmente diseñada, el heladero Hernández. Luchando con el pesado vehículo por los arenales de calles y veredas, ofrecía la escasa variedad de gustos por todo el pueblo. Respondiendo al grito de "...heeelaaadeeeroooo...", de alguna casa siempre alguien salía a adquirir el producto.
En ciertas ocasiones, íbamos a comprar helados al negocio de Anchuvidart, ya sea en el club Sportivo, cuando tenía la concesión de la confitería, o bien en su propio comercio, frente a la plaza, sobre la calle Mitre. Más o menos por donde hubo alguna vez una farmacia.-






































 

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