La bolita tenía su temporada.
La troya, el hoyito y la quema eran las especialidades.
La más aceptada y difundida, era la primera
de las nombradas; hacíamos un triángulo
en el suelo, donde colocábamos determinada
cantidad de bolitas por jugador: era, en cierto sentido,
la apuesta. Quien se aproximara más a la troya
(a esta acción se la denominaba "arrime"),
comenzaba primero a golpear la bolita, bolón
o acero contrario (esto se llamaba "quemar"),
y tras ello comenzaba a tirar sobre la troya. Las
bolitas que lograra sacar del triángulo, pasaban
automáticamente a su poder. Así, hasta
terminar la cantidad que hubiera, uno por turno, para
volver a comenzar luego.
Contar con alguna bolita de vidrio era casi un lujo.
A éstas las conocíamos como "ojitos".
Las más comunes eran las "carrascas";
estaban hechas de una mezcla que supongo era cal,
arena y una pizca de cemento; se recubrían
con pintura de colores por fuera, el color más
difundido era el amarillo, pero también venían
algunas en azul, verde y rojo. Se rompían con
cierta facilidad; cuando tenían algún
tipo de avería, ya fueran las carrascas o los
ojitos, decíamos que estaban "cascadas",
"cachadas" o "cachuzas".
Generalmente contábamos con algún acero
que obteníamos de bolilleros rotos de autos
o camiones. Nunca faltaba quien nos proveyera de alguno.
Detrás de la bolita existía una suerte
de comercio. Cambiábamos tantas carrascas por
tantos ojitos (siempre más de aquéllas
por menos de éstas), o un acero por una determinada
cantidad de bolitas; de acuerdo a las necesidades
el monto era mayor o menor, cada uno intentaba sacar
partido del negocio. Otras veces, en vez de trueque
se usaba algún dinero: alguna moneda que nos
pudiera molestar en el bolsillo, producto de un singular
hallazgo o de alguna propina.
Otro de los juegos que tenía su temporada era
el de la "Starosta" (o "tarosta",
como se decía más vulgar y simplemente).
Se adquirían en alguna librería, la
de Varela o La Ideal de Chabela Martínez, y
venían envasadas en pequeños sobres
en cuyo interior se encontraban unas cinco o seis
"figuritas", que era el otro nombre que
le dábamos a la tarosta. Eran redondas, de
cartón fuerte y fino. En una de sus caras traían
impresos en colores jugadores del fútbol profesional,
pilotos de automóviles, escudos de los clubes,
estrellas de cine, boxeadores y otras figuras del
deporte y de actividades que gozaran de la preferencia
popular.
Las especialidades de este juego eran "la tapadita"
y "el espejito". En la primera, se arrojaban
las figuritas contra una pared hasta que alguna tapaba
a otra, aunque más no fuera en un pequeñísimo
ángulo. Quien esto lograba, ganaba todas las
figuritas que se habían arrojado hasta ese
momento. En tanto, el espejito consistía en
colocar una figurita contra la pared, de plano, y
disparábamos sobre ella con las restantes,
uno por vez. Quien lograba derribarla, se llevaba
también las ya jugadas; la distancia a la que
nos colocábamos era de dos o tres metros más
o menos. Había quienes tenían la rara
habilidad de colocarlas entre la cara interna del
índice y la exterior del pulgar, logrando excelente
dirección y puntería; el planeo que
aquel disco de cartón desarrollaba en su corto
vuelo era un espectáculo complementario del
juego; cuando se alcanzaba cierta destreza, no siempre
se encontraban rivales cuando se desafiaba a otro
para un partido.
Las chapitas eran otro entretenimiento similar al
de las figuritas, pero más barato. Juntábamos
las tapas de gaseosa o cerveza, las colocábamos
sobre un yunque o un piso duro y con un martillo las
aplanábamos, sacando el trozo de corcho que
tenían en el centro.
En cualquiera de los juegos, ya fueran las bolitas,
la honda, las chapitas o la tarosta, los que sufrían
eran los bolsillos de nuestros pantalones. Estos eran
la caja fuerte durante todo el día. Siempre
se encontraban abultados, circunstancia ésta
que no nos importaba, por supuesto.
No era de extrañar que en todas nuestras actividades,
tanto de entretenimientos como deportivas, surgieran
diferencias. Éstas se allanaban, previa discusión,
con un intercambio de golpes o cuanto menos, con algunos
empujones y desafíos. El retiro de embajadores
que este desenlace traía aparejado, no duraba
mucho tiempo: un par de horas, y si era muy grande
el resentimiento, no más de un par de días.
La reconciliación volvía pronto. Es
que los grupos eran pequeños y todos teníamos
necesidad de los demás para poder jugar.
Como complemento de nuestras diversiones, ocasionalmente
aparecía por el pueblo algún parque.
Se instalaban en la esquina que hoy ocupa el parque
infantil (9 de Julio y España). Con unas monedas
en los bolsillos, algunas tardes nos era permitido
concurrir. Unas vueltas en la cale-sita o en las hamacas
voladoras, o en algunos de esos juegos de habilidad
buscando obtener un premio que nunca podíamos
ganar, nos daba la oportunidad de encontrar una variante
a nuestras "ocupaciones" de todos los días.
En verano, tomar un helado formaba parte de nuestra
mejor fantasía... y de nuestra mejor realidad
Si bien es cierto que nuestros padres no gozaban de
una situación económica inmejorable,
no nos faltaban algunos juguetes, o de vez en cuando,
alguna moneda para gustar un helado. Claro que esto
no sucedía todos los días. A veces ni
siquiera un vez por semana, pero era un lujo que cada
tanto nos podíamos dar.
En horas de la siesta, solía recorrer en una
bicicleta triciclo especialmente diseñada,
el heladero Hernández. Luchando con el pesado
vehículo por los arenales de calles y veredas,
ofrecía la escasa variedad de gustos por todo
el pueblo. Respondiendo al grito de "...heeelaaadeeeroooo...",
de alguna casa siempre alguien salía a adquirir
el producto.
En ciertas ocasiones, íbamos a comprar helados
al negocio de Anchuvidart, ya sea en el club Sportivo,
cuando tenía la concesión de la confitería,
o bien en su propio comercio, frente a la plaza, sobre
la calle Mitre. Más o menos por donde hubo
alguna vez una farmacia.-