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Toay- julio-agosto -2008




  Por Messina Cuneo

 



Retratar mi pueblo no es poca cosa...
He recorrido tanto sus arterias que conozco cómo fluye
cada franja de aire que lo atraviesa: aroma a monte,
a trigales, a hierba nueva, resistiendo tantas veces
olores de urbanidad que se entrelazan con jazmines
y madreselvas. (Es un perfume singular, que cautiva o asecha...)

Peregrino por las calles de arena concebidas sobre
un médano arisco que fue templado despaciosamente.
(Mi mente recrea aquellas dunas, olas de arena, desolación
y silencio, como el mar, como el mar...)

Son calles donde el polvo se levanta y queda instalado en cada grieta donde llega.
Nube que parece eternizarse flotando en las veredas, en las calles desiertas.
(Partículas insistentes, reincidentes...)

Puedo decir que subsisten casas protegidas por tamariscos de tronco vigoroso y copa desplegada hacia el cielo, tantas veces rapadas por injustas podas. (Son árboles sin tiempo, arcaicos, símbolos de asentamientos.)

Agonizan con el tiempo los dilatados baldíos impregnados de olivillos o pasto puna, salpicados de chapas oxidadas o de ladrillos desparejos apilados al descuido, fruto del derrumbe, tal vez, de un tapial gastado por los años.
(Y vuelvo a deambular en ellos como antes, como siempre...)

Vislumbro desde la calle los gigantes patios, protagonizados por el fino tendal de alambre que los cruza. Delgado es el palo encargado de elevarlo lo más alto posible para que flameen sábanas y manteles. Un sonido monótono quebranta las tardes: un bombeador procura agua urgente para la enredadera que cubre la pared de la cocina y trepa al techo. (Detenta anaranjadas flores que desnudan su interior...)

Cuando camino por el pueblo mis pasos se llenan de nostalgia y atrapan un pasado distante.
Advierto el paso de los carros... Estremece la partida del tren...
Regresan imágenes de grandes almacenes con mostradores fieles, con sótanos
que espían desde el zócalo la vereda. Y la gente pasa, conversa... Entra mucha luz
por las altas ventanas, por la puerta que permanece siempre abierta.
(Percibo ecos de pasos que emergen desde los pisos de madera, rastros del tiempo, astillas que susurran historias viejas... resquicio que abriga tesoros relegados...)

El paso del pasado al presente es un laberinto que se confunde en los ángulos de las esquinas.-



















 

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