Al Negro Castellanos todos los chicos
toayenses le teníamos miedo porque era malo
-o intentaba parecer malo- con el que andaba vagueando.
Pero eso sí... cuando nos encontraba haciendo
algún mandado, siempre sacaba del bolsillo
una moneda y nos la daba para comprar caramelos.
El Negro tenía el pelo motoso, los labios rojos
y los dientes bien blancos. En una oportunidad yo
andaba en calzones, tendría unos cuatro años
y era pleno verano de 1.932 cuando en una siesta me
disparé sin que mis viejos supieran, y fui
para lo de una tía que vivía a tres
cuadras de casa. Después, con el tiempo me
enteré que los viejos me habían estado
espiando… ¿y qué hicieron? Mandaron
al Negro Castellanos a buscarme. La cosa es que estando
ya en lo de mi tía, golpean la puerta…,
salgo…, miro y lo veo al Negro parado entre
los dos pilares de la entrada, ¡golpeándose
con la fusta las polainas esas que usaba! Yo no sabía
qué hacer para pasar entre el Negro y el pilar
de ladrillos… ¡y bueno!, era tanto el
susto que atropellé y ahí fue donde
me asestó un pequeño chirlo como para
asustarme más todavía, y encima me empezó
a correr. ¡¡¡Qué susto me
llevé!!!
Cuando se murió el Negro todo el pueblo lo
acompañó hasta el cementerio. No podía
ser de otra manera, era lo menos que se merecía
por la gran bondad demostrada en sus años de
milico acá en Toay.-