EMBAJADOR
MARTINI: 1910 - 2010

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TERRITORIO INAUGURAL
Hablar
de Embajador Martini es hablar de mi niñez,
de los viajes por la ruta 35 en la camioneta que
llevaba a la familia a la casa de los abuelos.
El paso obligado por la estación de servicio
de Castex y seguir la ruta de llanura que se ondeaba
por momentos, de molinos que se proyectaban por
la ventanilla en su juego de acercarse y alejarse
indefinidamente, de vías que retumbaban
en cruces anunciados, de algún croto que
se advertía en el costado del camino despertando
fogonazos de cuentos que hormigueaban en la panza.
Hablar de Embajador Martini es hablar de la callecita
corta a la que descendíamos llegando al
edificio de Vialidad que lindaba la ruta.
Ya bajar de la ruta era comenzar una historia
larga repetida de memoria por espaciosos años.
Días de esplendor que se abrían
cuando se desplegaba con ansias la tranquera y
ya divisábamos la casa, el molino, la chata
abandonada a un costado de la casa, el caldén
que siempre mezquinaba sus nidos de eternidad
Hablar de Embajador Martini es habar de una tranquerita
que se abre al patio de tierra liso, barrido;
es ver la figura de la abuela Rosa, del abuelo
Antonio, del tío Ángel y la dulce
sonrisa de Cristina. Es llegar a la mesa de la
cocina y calentarnos en invierno en la estufa
a leña los pies helados, o refrescarnos
en el corredor recién regado en días
que el calor envolvía con ganas el alma
toda. Hay
olores que me llegan y me abrazan y no se pueden
contar con palabras…Son perfumes dulces,
invisibles, escondidos, que me siguen enlazando
a momentos irrepetibles que forman parte de
esta esencia que se vierte en palabras.
Concebía sueños en ese gallinero
rodeados de nidos que siempre se buscaban con
una cartografía improvisada. El descubrimiento
sabido era un milagro festejado como si se hubiera
encontrado el más preciado enigma de
la existencia. Un mapa solo conocido por pequeños
corsarios de una llanura que se acallaba cada
vez más hacia un horizonte que presagiaba
honduras ,cuando el sol se desmayaba en el oeste
y caía pleno, provocando destellos en
las ruedas ásperas del carro detenido.
Escucho aún el sonido
hueco y monótono del molino. Me cuelgo
en las chapas del pequeño tanque para
prender mi oído al caño gris que
despide bocanadas de agua a destiempo. Los pájaros
han vuelto al caldén que desprende canturreos
improvisados, una caricia para el aire que camina
la tarde, demasiado lento y callado.
Hablar de “Embajador”
es hablar de las interminables corridas a la
tranquera para abrirla ante la llegada de una
visita o de papá que venía de
su recorrida por el pueblo.
Es
hablar de aire limpio y soberano , de apego
hacia una tierra henchida de historias rememoradas
por papá una ,mil veces, cuentos de familia,
anécdotas, sueños, nostalgias
eternas que se quedaron tatuadas para siempre
en la mirada transparente y callada de todos
los que vivieron esta tierra con el mismo corazón,
con la misma sangre que corre mansa en las arterias,
la misma sangre que viaja por mi cuerpo y hace
que este lugar siga existiendo en mí
por ser parte de mi historia, mi historia, mi
condición de concebir el mundo y de andar
por la vida, con despojos de nostalgia, el silencio
paciente sobrecogiendo mi alma y el sonido eterno
de un molino que sigue cumpliendo su mandato
para siempre.
Nota: a mis recuerdos de infancia. A mis
abuelos Antonio Minardi y Rosa Ramonda.
Mi papá, Palmiro. Mis tíos: Ángel,
Elvio ,Teresa y Cristina.
R.M.
©
Soydetoay 2010

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