LOS
OCHENTA DEL PETIZO JORGE

A
Jorge Ludueña
Empeñoso,
cumplidor, respetuoso y servicial,
querido y querible, el “Petizo”
Jorge cumple 80 años. Toda
su vida fue un ejemplo de cumplimiento,
educación y responsabilidad.
Nacido
en un hogar muy humilde, desde
muy jovencito debió afrontar
el deber de ganarse el sustento
con esfuerzo y sacrificio. El
mismo trigo que, embolsado y cargado
sobre sus hombros subía
al camión y bajaba en la
estación del ferrocarril
para ser acomodado en estibas,
fue el que –elaborado y
hecho harina-, amasara en la panadería
en las cortas y calurosas noches
de verano o en las largas y gélidas
de tantos inviernos. |

Jorge Ludueña |
Vino
el matrimonio y comenzaron a llegar los
hijos, y la Escuela –la misma a
la que acudiera de guardapolvo blanco-,
volvió a tañer su campana
para que regresara a trabajar como portero.
Múltiple y dedicado se entregó
a sus labores en cuerpo y alma. Limpiar
aulas y sanitarios, dirección y
galerías, cortar leña y
preparar y encender las estufas, arreglar
instalaciones eléctricas, pintar
paredes y aberturas, preparar la tinta
y llenar los tinteros, borrar pizarrones
y acomodar bancos, colocar las tizas y
distribuir las circulares........Hacer
todo cuanto hiciera falta, sin faltar
nunca y a nada. Era
no solo el portero: era el “subrogante”
de maestros y directores pues, estando
Jorge, la Escuela y su gente estaban salvaguardados.
Como
tantos, jugó al fútbol e
hizo cuanto deporte era posible en su
época. Ya maduro, entrenaba chicos
inculcando en éstos no solo la
práctica deportiva, sino que ésta
estuviera basada en contenidos éticos
y morales, educando sin ser docente, ganando
feligreses sin ser sacerdote.
Un
día fue ganado por la idea de fundar
un club, y fue consagrado como el primer
presidente de la nueva institución.
Sus
habilidades manuales hacían que
se dedicara a múltiples oficios:
sabía de electricidad, carpintería
y albañilería, por ejemplo.
Puntilloso y prolijo, sus trabajos siempre
eran un modelo de perfección.
El
sueño de la casa propia la fue
concretando de a poco. Pegó ladrillos
con la argamasa que las mismas manos mezclaran
la harina para hacer el pan y la galleta.
Trepado al andamio, subía la escalera
con los baldes llenos de mezcla, para
bajar –una y otra vez-, hasta llegar
finalmente a la altura del techo.
Trabajó
la tierra en los terrenos donde viviera,
haciendo huertas y jardines y plantando
frutales. Supo tener panales de abejas
para cosechar miel y nunca faltaron un
canario, un cardenal o un siete colores
alegrando con sus trinos tantos amaneceres
en los soleados patios de las casas en
que habitara.......
Comedido
y dispuesto, por ese gusto que tiene por
el campo y el monte, por el solo hecho
de disfrutar de las tareas rurales, acompañaba
a amigos a colaborar en juntar hacienda,
arreglar un alambrado o una tranquera,
pintar la casa o construir un galpón,
para así darse el gusto de ensillar
un caballo y dar siquiera un “galopito”
corto mientras recorría algún
cuadro.
Cuando
joven su inseparable victrola acompañaba
sus tareas o sus mates, desde donde la
música de alguna zamba, de alguna
cueca, de algún tango o algún
vals alegraba sus días acompañando
los ritmos con su modulado y suave silbido.
¡El
“Petizo” Jorge......!!. Reliquia
y símbolo de muchas cosas buenas.
Con sus flamantes ochenta “pirulos”,
conserva el mismo espíritu de sus
años mozos, habiéndose ganado
un lugar en la historia del pueblo, fundamentalmente
por cuanto hizo por su Escuela (la N º
5) y por su club (Guardia del Monte),
y porque sus amigos –que son muchos-,
tienen para él, dentro de sus corazones,
un altar levantado lleno de afectos, lleno
de cariños y de elevados sentimientos.
Este
plumazo desprolijo, querido Jorge Ludueña,
es mi abrazo y el de todos cuantos te
queremos, respetamos y nos sentimos felices
por este cumpleaños que celebras,
en el que no te faltarán los besos
y abrazos de Carola, de tus hijos, nietos
y bisnietos, orgullosos de tan grande,
de tan enorme “Petizo”.
Hoy
la campana de la Escuela –aún
cuando muda y ausente-, sonará
ochenta veces, repicando alegre y brillante
en tu honor y regocijo, a la que muchos
corazones acompañarán, cada
uno, con ochenta latidos –ochenta
abrazos-, que te dirán cuanto te
valoramos por todo cuanto hiciste, por
cuanto aún harás, y por
todo cuanto significas para quienes te
conocen, aprecian y valoran.
“Petizo”
Jorge: todo un símbolo de la Escuela
5 y de Guardia del Monte.
Como en tantas noches compartidas alrededor
de las brasas monte adentro, hago un brindis
para que las estrellas sean testigos de
los mejores augurios y de la mayor felicidad
de esta, tu merecida celebración.
¡Salud!!.-
Raúl
E. García Córdoba, lunes
26 de marzo de 2007

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